El 2 de septiembre a favor de Ceuta: ¿gatillazo o éxito?
La convocatoria del 2 de septiembre en apoyo a Ceuta ha dejado una paradoja que no es nueva en la política española: la misma manifestación puede ser un fracaso o un éxito según quién cuente. Las primeras estimaciones, difundidas a las 19:50, hablaban de 10.000 a 20.000 personas en Madrid, un volumen similar al de cualquier acto de PP y VOX. Horas después, las imágenes de Cibeles y Recoletos llenos hasta Colón apuntaban a una cifra mucho mayor, cercana a los 100.000. La diferencia no es un problema de contabilidad, sino de relato.
La guerra de las cifras
El choque de cifras es el primer dato relevante. Un participante en la convocatoria calculaba que en Madrid había 10.000-20.000 personas, y lo comparaba con los actos del PP y VOX. Otro, en cambio, afirmaba que Cibeles estaba «petado» y que el tramo de Recoletos hasta Colón se había llenado, acercándose más a los 100.000 que a los 50.000. La Delegación del Gobierno en Madrid, según un tuit recogido en la discusión, habló de 50.000 almas. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, aprovechó para lanzar un dardo: «No saben contar el número de forasteros que entró en Ceuta, pero saben contar el número de manifestantes que estuvieron ayer en Madrid. Parece mentira».
La diferencia entre 10.000 y 100.000 no es un margen de error, es un abismo. Y en política, el abismo se convierte en arma.
Ceuta como excusa
La segunda cuestión es el trasfondo. La convocatoria era «a favor de Ceuta», pero el debate real giraba en torno al Gobierno. Un análisis repetido en la discusión apuntaba que la defensa de Ceuta es indisoluble de la crítica al presidente, porque el Ejecutivo se ha posicionado con Jovenlandia. Otros, en cambio, sostenían que a la mayoría de la gente «le da igual Ceuta» y que lo único que les preocupa es que los menores migrantes no lleguen a la península. Esta tensión entre lo que se dice y lo que se siente es lo que explica que la manifestación no fuera la «artefacto explosivo» que algunos esperaban.
En Bilbao, el himno de España sonó en un acto institucional, algo que algunos consideraron histórico. En San Sebastián, la plaza se llenó. En Zaragoza, la Plaza del Pilar apareció a rebosar. La convocatoria tuvo un alcance territorial notable, pero la pregunta es si ese alcance se tradujo en presión política real.
El problema de la movilización
La tercera pata del debate es la capacidad de movilización de la derecha. Un análisis citaba los 11 millones de votos que sumaron las formaciones de derecha en las elecciones de 2023 y se preguntaba por qué solo eran capaces de sacar a la calle a unos pocos cientos de miles. «Si no pueden sacar a 3-4 millones, sus votos se quedan en algo simbólico», se argumentaba. Esta crítica, que también se aplica a la izquierda, revela un problema estructural: la política española se ha convertido en un partido de fútbol, donde cada cual va con su equipo, pero nadie está dispuesto a mojarse si llueve.
La pregunta que queda abierta es si la derecha española puede convertir su base electoral en presión real en la calle, o si el «gatillazo» del 2 de septiembre es la prueba de que su movilización es, en el fondo, un espejismo.