«Rusia no puede ganar» y el frente avanza
Rusia no puede ganar. Es lo que sostiene quien abre el hilo a partir de un vídeo de un general de la OTAN, y corre de pantalla en pantalla, pero el terreno se mueve en la dirección contraria a la que sugiere ese titular. El ejército ruso avanza
pueblo a pueblo y la pregunta que lo cruza todo es incómoda: ¿se cree alguien de verdad lo que dicen los generales?
La tesis de partida se repite hasta la saciedad. Según este forero, Rusia no tiene capacidad de conseguir
ninguna victoria estratégica; seguiría avanzando muy lentamente por campos de girasoles hasta que se quede sin material y tenga que sentarse a negociar. Dicho así, suena a parte de guerra. Y ahí arranca el problema.
Qué dicen los generales de la OTAN y por qué se les mira de reojo
El asunto no es solo lo que dice el general, sino cómo lo dice. Hay quien ha diseccionado su lenguaje no verbal fotograma a fotograma y sostiene que el gesto con el que reafirma el grueso del mensaje
entre los segundos 7 y 9 delata justo lo contrario: un hombre que no se cree lo que está leyendo. La lectura es tan vieja como la televisión. Cuando alguien condecorado necesita insistir tres veces en lo mismo, algo chirría.
A eso se suma la objeción de manual. ¿Qué se espera que diga en público un militar de la OTAN? Nadie con estrellas va a salir a anunciar que el adversario es invencible. La lógica del comunicado manda y en esa lógica el mensaje es correcto, aunque no sea completo. El matiz que se cuela por debajo es el interesante: no tienen tropas para avanzar rápido,
pero sí para avanzar lento durante meses y años.
El frente como árbitro: avance lento ruso y movilización forzosa
Y el frente hace su trabajo, despacio. Los avances se miden en aldeas, no en ciudades; en campos de girasoles ganados metro a metro. Quien defiende la tesis rusa lo dice sin adornos: mientras el ejército ruso engorda la línea del frente, Ucrania ha tenido que recurrir a la
movilización forzosa y a reclutar a sus desplazados por medio mundo. Es el dato que se lanza una y otra vez contra la versión oficial.
El reproche va en las dos direcciones. A un lado, quien sostiene que el diagnóstico del general es propaganda de guerra destinada a justificar una escalada; al otro, quien responde que tragarse entero el relato contrario es caer en la misma trampa.
«¿Tú te crees lo que te dicen o lo que ves?», resume uno. La respuesta honesta es incómoda: todo el mundo tiene su parte de razón y su parte de fe.
Los pies de barro del régimen ruso y el precedente Prigozhin
El poder ruso entra en la ecuación con un historial que se cita como prueba de fragilidad. La asonada de
Prigozhin se recuerda como un test de estrés: nadie movió un dedo a favor del poder, pero tampoco nadie lo movió en contra. Esa indiferencia es, a la vez, la debilidad y la salvación del sistema. Un edificio con los pies de barro al que sostiene la apatía de la mayoría.
De ahí sale un argumento que rebota en ambos bandos. Si el régimen fuera tan sólido como se vende, no habría dependido de la pasividad general; si fuera tan frágil como se espera, ya habría caído. Ninguna de las dos cosas ha ocurrido, y eso deja el análisis donde estaba.
Járkov, Avdiivka y el cambio de fase de la guerra
El relato más concreto es el del cambio de fase. La ofensiva rusa sobre
Járkov se presenta como el último estertor del rodillo, un intento de mantener la iniciativa antes de que Ucrania pase al ataque con bombas inteligentes. El contrapunto llega de inmediato: un mes antes había que racionar la artillería y salvar los muebles con drones, y en ese contexto cayó
Avdiivka. Unos ven el principio del fin; otros, el enésimo giro de guion.
El desgaste como única certeza
Si algo coincide en las dos orillas es que nadie espera una resolución limpia. Unos hablan de que a Ucrania le quedan dos telediarios y que cada día que pasa son miles de bajas; otros, de que Rusia no encontrará los hombres ni el material para sostener el ritmo. Ambas cosas pueden ser verdad a la vez, y ese es precisamente el problema de todo pronóstico.
Con este material, la predicción sensata es también la más incómoda: Rusia probablemente no gane, pero tampoco va a perder mañana. Y los generales que hoy firman titulares tendrán que explicar, dentro de un año, por qué el frente sigue exactamente donde ellos decían que no podría estar.