El rugby femenino gana público y pierde el respeto por el camino
Cada vez más espectadores se acercan al rugby femenino. Y una parte de esa audiencia no mira el balón: mira otras cosas. La conversación pública en torno a este deporte se ha llenado de comentarios que reducen a las jugadoras a su físico, cuando no a algo peor. El fenómeno no es nuevo, pero tiene un componente específico con el contacto y el placaje.
Un deporte duro, una mirada superficial
El rugby femenino exige fuerza, velocidad y resistencia. Los placajes son tan contundentes como en la versión masculina. Pero entre quienes lo comentan hay quien prefiere hablar de la anatomía de las jugadoras antes que de sus jugadas. Esa dinámica no es exclusiva de este deporte, aunque el directo y la escasa tradición mediática lo hacen más visible.
Hay un sector de la audiencia que lo ve como un espectáculo físico en el sentido equivocado. Y hay otro, más sordo, que convierte cada hito en una excusa para lanzar insultos de carácter racista o xenófobo. El resultado: un ambiente hostil que aleja patrocinios y dificulta la normalización.
Lo que el crecimiento revela
El rugby femenino crece en licencias y seguidores. Ese crecimiento choca con una conversación que no madura al mismo ritmo. Quienes apoyan el deporte señalan que la solución no es dejar de hablar de las jugadoras, sino hablar de su rendimiento. El contraste entre el nivel competitivo y la reacción de cierta grada evidencia cuánto queda por hacer fuera del campo.
El dato que descoloca: mientras unos ven una amazona con balón, otros ven un ejemplo de superación. El mismo deporte, dos miradas opuestas. Y las jugadoras, en medio, haciendo lo único que depende de ellas: correr, pasar y placar.