Gonzalo Bernardos dice que el español no es empleable
Un catedrático de Economía con plaza pública sostiene que el trabajador español no es empleable. No es una frase de barra de bar: la tesis la firma
Gonzalo Bernardos, y llega con un corolario incómodo, el de que el candidato autóctono compite en desventaja frente al de fuera. La respuesta no ha sido discutir el fondo, sino auditar a quien lo firma. Y ahí el terreno se vuelve resbaladizo.
¿Qué dijo Gonzalo Bernardos sobre la empleabilidad de los españoles?
La tesis de partida es simple: el mercado laboral español encuentra menos empleable al trabajador nacional. Sobre esa base se despliegan varios corolarios. El más repetido apunta a los jóvenes, de los que solo
uno de cada cinco saldría apto para un puesto, y eso siendo generoso. Otro señala una supuesta preferencia por no trabajar si el empleo no encaja con la formación o las expectativas del candidato.
Hasta aquí, un diagnóstico más. Lo que enciende la mecha es quién lo formula y desde dónde. Bernardos es profesor y ha desarrollado su carrera en la universidad pública, sin un paso acreditado por la empresa privada, un detalle que la réplica convierte en munición.
El CV del que da la lección: 22 citas y un índice H de 2
El contragolpe más afilado no discute el argumento: audita el expediente. Frente a la tesis de la baja empleabilidad, se responde con el rastro académico del propio autor. Los números que se le atribuyen —
un índice H de 2, 22 citas, 8 artículos en revistas, 4 colaboraciones en obras colectivas, 9 libros y una tesis— dibujan una producción discreta para alguien próximo a la jubilación.
La comparación que se establece con otros divulgadores del mismo campo, con un registro de citas parecido y más años de exposición pública, deja la discusión en tablas. El mensaje de fondo es otro: quien nunca ha generado un euro de riqueza en el sector privado no está en la mejor posición para explicar por qué otros no lo consiguen. Es una falacia
ad hominem, sí. También un golpe que funciona.
Pensiones y salarios: la comparación internacional que se discute
En el centro del cruce está la foto internacional. La tesis que se le asocia sitúa a España con
las mejores pensiones de la OCDE en proporción y con salarios relativos por encima de Dinamarca y Finlandia, gracias a un esfuerzo de cotización empresarial elevado. La contrarréplica llega con una lista de mercados concretos.
Noruega, Suecia, Holanda, Finlandia o el Reino Unido funcionan como términos de comparación donde ni las pensiones ni los sueldos comparables se moverían en la dirección que propone el diagnóstico. La duda técnica que queda flotando —y que nadie cierra— es si la comparación se hace en términos brutos, relativos o de poder de compra. Sin ese ajuste, el dato vale tanto para un barrido como para un fregado.
Menos dócil, no menos cualificado
Una de las hipótesis más incómodas sostiene que el español no es
menos empleable por falta de formación, sino por exceso de exigencia. La mayor demanda del cumplimiento de derechos laborales y la menor tolerancia a condiciones precarias lo convertirían en un candidato más caro, y por tanto menos apetecible. En la otra balanza pesa el reverso de esa lógica.
Jornadas de 10, 15 o 20 horas semanales, desplazamientos de una hora de ida y otra de vuelta en transporte masificado, salarios congelados durante dos décadas mientras los precios subían a dos dígitos y la necesidad de compartir piso, nevera y baño. Resumido en una línea: quien no prospera en este país es porque no quiere. La ironía se escribe sola.
El relato del relevo y quién lo defiende
Hay un tramo del análisis que entra en terreno delicado. Se sostiene que existe una corriente que defiende la llegada de mano de obra dispuesta a aceptar condiciones que el trabajador local rechaza, y que quienes la defienden rara vez están expuestos a la competencia que generan. Funcionarios, cargos públicos y comentaristas de plantilla blindada aparecen como los principales valedores del discurso.
El argumento, muy repetido, es que ese colectivo vive a resguardo del fenómeno que predica. También circula la tesis contraria: la precariedad no la crea la llegada de trabajadores, sino un mercado que necesita mano de obra dispuesta a todo. Es el punto del intercambio donde las posturas más se enconan y menos se escuchan.
El diagnóstico estructural que no cabe en un plató
Frente a la culpa individual se despliega una lectura estructural. El argumento es que los españoles, como todo el mundo, están atrapados en una dinámica de pérdida de poder adquisitivo que erosiona el valor de su trabajo y de su ahorro mientras alimenta la deuda pública y la inflación de activos. Señalar al individuo cabe en un titular. Señalar la estructura, no.
El sistema funciona mejor cuando las víctimas se culpan a sí mismas.
Y en medio, un puñado de casos que sirven como prueba de vida: quien pasó de no encontrar hueco a ser un empleado valioso con solo cambiar de país y de alquiler. No es un dato representativo, pero desmonta cualquier lectura demasiado simple.
¿Y si el problema dejara de ser por qué el español no quiere trabajar para convertirse en por qué el sistema necesita que alguien deje de quererlo?