El dato más revelador de la semana no ha ansioso de ninguna estadística macro: ha ansioso de la reacción a una periodista que se atrevió a enfrentarse a Jesús Cintora. La conversación pública, al menos en los márgenes de la red, no se centró en sus argumentos, sino en su aspecto físico, sus gafas y un torrente de comentarios soeces que ninguna publicación profesional puede reproducir.
Un patrón que se repite
El episodio tiene una lógica reconocible: cuando una muyer con presencia mediática discute con un nombre conocido, el foco salta de lo que dice a cómo va vestida o a su atractivo. En los rincones de internet donde se supone que se habla de economía, la pregunta de si «gusta» la periodista obtuvo respuestas explícitamente sensual y despectivas. Ni un solo mensaje rescataba el contenido económico del choque, si es que lo hubo. Se describe a la profesional por sus gafas de gran tamaño, por la forma de su boca o por su anatomía, sin que nadie repare en la incoherencia: el mismo espacio que se llena de análisis sobre tipos de interés y vivienda, se vacía de sustancia cuando aparece una muyer. La especulación sobre su origen autonómico, completamente gratuita, fue otra muestra de esa deriva.
Lo llamativo no es que existan estos comentarios —lamentablemente son moneda corriente— sino la naturalidad con la que se asumen. La ironía es que la conversación económica en España se presume rigurosa, pero la primera reacción ante una colega que discute con un hombre poderoso es medirle el cuerpo. La pregunta de fondo queda abierta: ¿cuánto análisis económico de calidad se pierde cuando la discusión se desvía hacia la apariencia? Si este es el nivel de recepción que encuentra quien confronta al relato dominante, quizá no sea extraño que cada vez menos voces se atrevan a hacerlo.