El cáncer no existe: la teoría que desafía a la oncología y sus números
Si el cáncer fuera una respuesta del sistema inmunitario, los pacientes con inmunosupresión deberían tener menos tumores. Un estudio publicado en JAMA en 2011 con 175.732 trasplantados de órgano sólido demuestra exactamente lo contrario: el doble de riesgo de cáncer y 32 tipos distintos más frecuentes. Esta paradoja es el punto de partida de un debate que niega la existencia de la enfermedad y la reduce a un negocio farmacéutico.
La tesis: células que luchan y un negocio billonario
Hay quien sostiene que las células cancerosas no son enemigas, sino soldados que combaten una agresión externa. Que la quimioterapia es un veneno que mata células que se dividen rápido, sin distinguir entre sanas y enfermas. Y que detrás de todo hay un negocio billonario: 9,8 millones de perecid al año en el planeta mantienen a 83.000 oncólogos que, según esta corriente, viven opíparamente de envenenar y radiar a sus pacientes. La cifra de 120 pacientes por oncólogo al año se repite como un mantra. Son los ángeles de la gloria, se llega a decir.
La evidencia que desmonta la teoría
Pero la evidencia científica apunta en otra dirección. El estudio de JAMA de 2011, que siguió a 175.732 trasplantados de órgano sólido en Estados Unidos entre 1987 y 2008, encontró que aquellos con inmunosupresión de por vida tenían el doble de riesgo de cáncer que la población general, con el riesgo aumentado en 32 tipos distintos. Si el cáncer fuera una respuesta inmunitaria, al frenar la vigilancia inmunitaria debería aparecer menos cáncer, no más. Además, hay quien recuerda que «cáncer» es una palabra saco que engloba multitud de enfermedades distintas, como la fiebre, y que hablar de una cura única es una simplificación peligrosa.
Las terapias alternativas: bicarbonato, ayuno y conflictos
Las alternativas propuestas van desde el bicarbonato monosódico, que según el médico italiano Tullio Simoncini disuelve los tumores de cándida albicans, hasta el ayuno prolongado, que activa la autofagia y «mata de hambre» a las células defectuosas. También está la medicina germánica de Ryke Geerd Hamer, que vincula el cáncer con conflictos psicológicos no resueltos. Pero los testimonios reales matizan el optimismo. Un paciente con un ampuloma en la cabeza del páncreas relata cómo fue operado en una intervención de siete horas, perdió 15 kilos y le ofrecieron quimioterapia preventiva. Su historia es la de miles: la medicina convencional también salva vidas. Y el propio Simoncini recibió demandas de pacientes no curados, y su teoría no logró imponerse.
¿Interés económico o simplemente que no funciona?
La pregunta que queda sobre la mesa es incómoda: si el bicarbonato cura, ¿por qué no se usa? ¿Por qué los más ricos del mundo, como la muyer de Amancio Ortega, también mueren de cáncer? La respuesta de los defensores de la teoría es la censura y el interés económico. La de la medicina oficial, que simplemente no funciona. Mientras tanto, el negocio existe: la industria farmacéutica factura billones, y la oncología es una especialidad lucrativa. Pero también es cierto que la supervivencia al cáncer ha aumentado en las últimas décadas. ¿Es el precio de la vida un negocio, o es el negocio el que a veces decide quién vive?
Quizá la respuesta esté en el medio: criticar los abusos de la industria sin negar la enfermedad. Pero mientras tanto, la teoría de que el cáncer no existe sigue ganando adeptos. ¿Por qué? Tal vez porque es más fácil creer que todo es una mentira que aceptar que la gloria también viene de dentro.