Rusia preinstalará su 'WhatsApp' MAX en móviles desde el 1-S
A partir del 1 de septiembre de 2025, la plataforma MAX deberá venir preinstalada en smartphones y tablets vendidos en Rusia. La medida, que alcanza a dispositivos con Android, iOS y HarmonyOS, no es un caso aislado: forma parte de un paquete más amplio que también obliga a preinstalar la tienda RuStore y que en 2026 extenderá el catálogo a Mail@Mail.ru, Zen, VKontakte y LIME HD TV en televisores. El decreto se vende como soberanía tecnológica. El efecto práctico, según las lecturas más críticas, es que el Estado ruso se sienta en el mismo sillón desde el que Washington y Bruselas llevan años leyendo la conversación ajena.
Qué cambia exactamente el 1 de septiembre
La obligación de fábrica recae sobre el fabricante y el vendedor, no sobre el comprador. Quien compre un teléfono nuevo a partir de esa fecha lo recibirá con MAX ya instalado, igual que hoy recibe Yandex Messenger, VK o Mir Pay por una ley de 2019. En paralelo, VK Messenger deja de ser obligatorio y RuStore amplía su presencia a iOS y HyperOS. En 2026 el paquete crece: HarmonyOS tendrá que traer Mail@Mail.ru, Zen y VKontakte, y los televisores, LIME HD TV.
El detalle importa porque desmonta la excusa fácil. No es una app suelta: es un ecosistema entero colocado de serie. Y no hay que confundir preinstalación con uso obligatorio. Nadie multa por no abrir MAX. Pero el terreno de juego queda inclinado, y eso, en la práctica, vale más que cualquier decreto.
El precedente chino y la doble vara de medir
La comparación con WeChat aparece en cuanto se rasca el tema. En China, WeChat pertenece a una empresa alineada con el Estado y convive con alternativas legales como QQ, del mismo grupo Tencent, con usos distintos según el perfil del usuario. La diferencia con Rusia no es de naturaleza, sino de grado y de antigüedad: Pekín lleva años con el ecosistema cerrado; Moscú lo está montando ahora.
Hay quien sostiene que Occidente no tiene autoridad moral para dar lecciones. El argumento es conocido: durante décadas, las tecnológicas estadounidenses han entregado datos a sus agencias y las europeas han aceptado condiciones que nadie lee. Que Moscú haga lo mismo a la vista de todos no lo convierte en peor, solo en más honesto. La contrarréplica es igual de simple: una cosa es que te espíen por la letra pequeña y otra que el Estado te imponga el canal.
Multas por buscar, VPN y listas de contenido prohibido
El paquete normativo no se queda en las apps. Según los textos que circulan, buscar en internet materiales catalogados como extremistas pasa a ser infracción administrativa, con multas de hasta 55 euros, cuando antes hacía falta algo más que una búsqueda: publicar, comentar, difundir. La lista federal de contenidos prohibidos incluye desde exaltación del nazismo hasta material que denigra símbolos del Estado, pasando por organizaciones declaradas extremistas.
Sobre las VPN, el uso privado no se considera infracción por sí mismo; lo que se persigue es emplearlas para acceder o propagar contenido prohibido. Es la misma línea roja que se ha ido dibujando en otros países con menos ruido. La pregunta incómoda no es si es legal, sino cuánto tarda el ciudadano medio en dejar de buscar por miedo a la multa.
El argumento que descoloca: aquí también te leen
La objeción más repetida no defiende a Moscú. Ataca la hipocresía del que señala con el dedo. En la Unión Europea se prepara el llamado Chat Control, un sistema integrado en los sistemas operativos que escanearía mensajes en busca de contenidos ilegales, con el cifrado de por medio convertido en papel mojado. Si eso sale adelante, la app preinstalada rusa será un juguete al lado.
El cálculo que hace la corriente escéptica es frío: si ya te espían las tecnológicas que usas a diario, que lo haga además tu propio Gobierno no empeora la ecuación, la equilibra. La corriente contraria responde con un matiz que no es menor: una cosa es el espionaje consentido por contrato y otra la obligación legal de fábrica. En la primera puedes cambiar de proveedor. En la segunda, el proveedor lo elige el Estado.
La trampa de la elección voluntaria
Aquí está el nudo del asunto. Al arrancar un teléfono nuevo, el usuario acepta términos y condiciones en cadena. Si dice no, el dispositivo queda bloqueado. No hay alternativa real. Esa es la diferencia entre un consentimiento y una imposición con envoltorio de menú. La preinstalación obligatoria de MAX funciona igual: no te obligan a usarla, pero te la ponen delante y te quitan las ganas de buscarte la vida.
Quitar la aplicación exige rootear el dispositivo o instalar una ROM personalizada, con pérdida de garantía incluida. Para el usuario medio, eso equivale a no quitarla. Y si además se tipifica como infracción borrarla, el círculo se cierra. La libertad formal existe; la libertad real, no.
Qué se juega Moscú con este movimiento
El objetivo declarado es reducir la dependencia de aplicaciones occidentales en un contexto de guerra híbrida. El objetivo no declarado es controlar el canal por el que circula la información en un país donde las redes sociales propiedad de Meta están prohibidas y declaradas extremistas. Las dos cosas son verdad a la vez.
La pregunta que queda abierta no es si Rusia puede hacerlo. Es si el ciudadano ruso de a pie notará la diferencia entre que le lean desde Langley o desde Lubianka. Y, sobre todo, si a este lado del mapa alguien está tomando notas mientras mira hacia otro lado.