Ni los jóvenes ni los mayores se libran: la edad no protege en una guerra
En un escenario de guerra total, la edad no es un escudo. El planteamiento que abre este análisis sostiene que los menores de 30 acabarán en trincheras similares a las ucranianas, con drones sobrevolando y comida enlatada caducada, mientras que los mayores de 50, con la fuerza física mermada, serán presa fácil en unas calles tomadas por una generación intermedia que, según esta tesis, no dudará en arrebatarles cualquier recurso. La idea de que la juventud o la veteranía otorgan alguna ventaja se desmonta en cuanto se examinan los argumentos que cruzan las 103 respuestas de este asunto.
El supuesto reclutamiento forzoso por edades
La primera idea que se discute es la de que la guerra se cebará con los más jóvenes. El mensaje inicial augura para los menores de 30 un destino de trincheras, bombardeos y reclutamiento obligatorio. Frente a eso, algunos participantes recuerdan que en conflictos recientes el reclutamiento ha ido ampliando el rango de edad conforme se agotaban los voluntarios: primero los más jóvenes, luego los de 28 a 35, después hasta los 45 y finalmente hasta los 55. Ese escalonamiento, atribuido a la doctrina de la OTAN, sugiere que ningún grupo etario queda a salvo si la contienda se prolonga.
La discusión derivó pronto hacia la capacidad de resistencia física. Hay quien sostiene que los mayores de 50 conservan una ventaja: muchos hicieron la mili y saben manejar un CETME, una Zeta o una pistola sin rebanarse los dedos. Otros responden que ese conocimiento es residual, que la instrucción militar consistía sobre todo en aguantar gritos y que disparar un arma real no se parece a los videojuegos. La brecha generacional se convierte así en una disputa sobre quién está mejor preparado para un escenario de caos.
La fuerza física y el espejismo del entrenamiento
El segundo eje del análisis es la condición física. Un participante afirma que en una situación de guerra los fuertes tienen más papeletas de sobrevivir que los débiles, y que un hombre de 110 kilos y 1,90 entrenado aguantará mejor las privaciones que un enfermo, un anciano o un niño. La respuesta no se hace esperar: en el frente todos quedan igualados cuando un enjambre de drones suelta una lluvia de granadas. La tecnología, señalan, difumina cualquier ventaja corporal.
La discusión sobre el entrenamiento introduce un matiz interesante: estar ciclado no es lo mismo que estar en forma. La comparación que se lanza es la de un pavo que, por tener más carne, cree que escapará antes de los que quieren comérselo por Navidad. La preparación física, concluyen, no garantiza nada cuando el escenario es impredecible y la violencia es masiva.
El control social y la experiencia de la pandemia
Un tercer hilo argumental conecta la guerra con la experiencia reciente de la pandemia. Se recuerda que durante el estado de alarma se impusieron toques de queda nocturnos y se multó a más de un millón de personas por incumplirlos. Aquello, que muchos consideraban propio de países lejanos, se vivió en España y fue aceptado mayoritariamente. La conclusión que extraen algunos es que en una guerra el control sobre la población sería aún mayor, con o sin paraguas legal.
La objeción a ese control también aparece: en Ucrania, tras el estallido de la guerra, se prohibió la salida del país a los hombres de entre 18 y 60 años. Ese dato se usa para ilustrar que en situaciones de conflicto las libertades se suspenden y las obligaciones se imponen por decreto. La discusión deriva hacia si eso sería aplicable en España y si los funcionarios, por su condición de inamovibles, quedarían exentos de un hipotético reclutamiento.
Armas, escopetas y la ley del más fuerte
El cuarto bloque gira en torno a la posesión de armas y la autodefensa. Varios participantes enumeran sus arsenales domésticos: escopetas de caza, rifles, objetos punzantes. La conversación se detiene en la diferencia entre un arma de caza y un arma de guerra. Con una escopeta se dispara al bulto para matar a un animal pequeño; con un subfusil se dispara a matar o herir de gravedad a otro ser humano. La distinción, apuntan, es pequeña pero fundamental para la supervivencia.
La conclusión que se extrae es que la ley del más fuerte se impondría, pero no necesariamente en favor de los más jóvenes o los más veteranos. La pasta, los contactos y la capacidad de organización en grupo también cuentan. Un participante lo resume con crudeza: quien tenga el coche lleno de comida y el vecino no, se convertirá en objetivo. La solidaridad, en ese escenario, sería un lujo.
El papel de las élites y el futuro de las pensiones
El último tramo del análisis se centra en las élites y en el cálculo económico. Se especula con que una guerra podría interesar para aligerar la carga de las pensiones y de la sanidad, eliminando a los mayores, y para reducir el excedente de población joven. No hay pruebas de ello, pero la sospecha planea sobre la discusión. Otros participantes recuerdan que los funcionarios serían los menos afectados por su condición de inamovibles, aunque se les rebate que una limpieza de funcionarios sería más fácil que la de otros colectivos.
El cierre del análisis no llega a una conclusión única. La guerra, si llega, no distinguirá por edades, pero tampoco igualará a todos. La pregunta queda flotando: ¿está la sociedad española preparada para un escenario en el que la edad, la fuerza o el dinero dejen de importar?