Campeonas sin entrenador: el coste de la autogestión en la selección femenina
¿Qué ocurre cuando un equipo campeón del mundo pierde al entrenador que lo hizo campeón? En la selección española femenina, la respuesta es un desplome silencioso. Bajo Jorge Vilda, el equipo jugaba a otra cosa: disciplina en las concentraciones, puertas abiertas, orden táctico. El resultado fue un Mundial ganado con una distancia sobre el rival que no admitía discusión. Luego Vilda salió, llegó Montse Tomé y el vestuario se quedó a su aire.
La autogestión como modelo de gestión
La teoría dice que un grupo de jugadoras puede autogestionarse cuando hay talento suficiente para que el caos se convierta en creatividad. El ejemplo de los Galácticos y del Barça de Cruyff se usa para explicarlo: allí el que mandaba cobraba un dólar más que el mejor pagado y nadie discutía la jerarquía. Pero cuando el nivel es medio, como apunta el análisis del Mundial, la autogestión se convierte en el mejor aliado de la mediocridad: los partidos se deciden por errores rivales, no por aciertos propios.
Salarios y autoridad
La reivindicación de equiparar salarios con el fútbol masculino aparece como un derecho reivindicado, no como un resultado. Hay quien sostiene que primero hay que demostrar profesionalidad y resultados; otros recuerdan que la exigencia de Vilda – dormir con las puertas abiertas – era la que producía títulos. La anécdota del dólar de Cruyff ilustra que en el fútbol el poder se paga, y quien no lo ejerce acaba pagándolo.
Con el Mundial de Brasil 2027 en el horizonte, la selección femenina camina hacia la cita sin rumbo claro. La época dorada que prometía un paseíllo anual se ha esfumado. El vestuario quiso gobernarse solo. Ahora, como en muchas malas gestiones, toca repartir las culpas.