Deberes para casa: el pulso entre el castigo y la vagancia
¿Habría que prohibir los deberes para casa? Es la pregunta que se hace cualquier padre que a las nueve de la noche sigue sentado junto a un cuaderno de matemáticas. Los argumentos para decir no son amplios y no siempre nuevos: el horario lectivo ya está para eso, el crío llega cansado y el tiempo libre —jugar, socializar, ayudar en casa— también enseña. Nada de esto requiere un estudio que lo demuestre. Basta con tener un hijo y una mesa de comedor.
Deberes escolares: castigo, vagancia y la sospecha de fondo
Enfrente está el sí. Sin tarea no se fija lo aprendido, sostiene una parte; otra añade que el niño sin deberes no vaguea en abstracto, vaguea delante de una pantalla. Y en medio asoma una sospecha incómoda: hay quien plantea que la tarea existe porque lo que se hace en el aula no vale o no alcanza. Si en clase se aprendiera, no haría falta que los padres dieran clase por la tarde. De ahí a las clases particulares hay un paso corto.
El abanico de salidas es más ancho que el de los bandos. Una corriente propone convertir los deberes en sugerencia voluntaria, sin entrega obligatoria al día siguiente: quien quiera reforzar, que refuerce. Otra directamente añade horas al centro —se llega a hablar de dos más de jornada— con la tarea hecha allí y la tarde liberada; de paso, los padres descansan. Y una tercera mira fuera: China enseñando inteligencia artificial a los niños, Japón y Corea del Sur con deberes y resultados que se citan como aval. La comparación se sostiene o se cae según lo que cada uno decida medir.
La evidencia educativa que zanjaría el asunto existe en algún sitio, sin duda. Mientras aparece, la cosa se resuelve como siempre: cada casa con su cuaderno a las nueve de la noche.