Corea del Norte y la hambruna que llega en condicional
Una noticia sobre una hambruna en Corea del Norte, presentada como la peor en décadas y atribuida a una cadena internacional de televisión, se cuela en las portadas y en pocas horas el lector ha dejado de discutir sobre el hambre para discutir sobre cómo se sabe. El país es de los más herméticos del planeta, según se repite en la conversación, y no admite verificación independiente. Todo lo que sale de allí llega en condicional —
estaría sufriendo—, y esa forma verbal se ha convertido en el detonante de la bronca. El dato puede ser cierto y seguir siendo indemostrable. En ese hueco cabe cualquier cosa.
Lo primero que aparece es la desconfianza. No hacia Pyongyang, sino hacia quien publica. La secuencia es casi mecánica: llega la noticia, alguien pide pruebas directas, nadie las tiene y el foco se gira hacia el medio que firma. Casi nadie discute ya si se pasa hambre en Corea del Norte; se discute si una redacción puede sostener una hambruna cuando no puede entrar a verla.
El detector de noticias que empiezan por «podría»
Hay una corriente que sostiene que el lenguaje delata la pieza antes que el contenido: cuando un texto encadena
«podría», «estaría», «tendría», lo que está diciendo es que el periodista no tiene ni idea de nada y rellena con imaginación. Es el mismo mecanismo que se atribuye a las
serpientes de verano de agosto, esas historias que se publican porque es difícil comprobarlas y, sobre todo, porque nadie va a ir a comprobarlas.
El país más hermético del planeta es el escenario perfecto para ese tipo de pieza. La queja más repetida no es que se mienta, sino que no se consulta fuente alguna y se tira de expertos que nadie conoce. La respuesta habitual también está rodada: si pides el contraste, se te coloca en el bando contrario y se te invita a irte a vivir allí. El resultado es una conversación donde la carga de la prueba acaba pesando más que el hecho.
China, el trigo ruso y los seis días de tren
El régimen norcoreano no se sostiene solo. La lectura geopolítica que aparece en la discusión es la del colchón: Corea del Norte separa a
China de una frontera directa con Estados Unidos, y por eso interesa apuntalar el régimen hasta cierto punto, con ayuda humanitaria incluida. Si esa ayuda llega al último campesino es otra cosa que nadie puede certificar.
Después está Moscú. Se apunta que Rusia enviaría trigo a cambio de soldados y armas, sin contratos ni cifras a la vista, y se recuerda que la economía norcoreana vivió décadas de subsidios soviéticos. Un detalle práctico que se cuela en la conversación es la conexión ferroviaria:
seis días de tren entre Moscú y Pyongyang. La logística existe; otra cosa es qué viaja en esos vagones.
El «y tú más»: 38 millones de hambrientos en Estados Unidos
La respuesta más repetida a la noticia no tiene que ver con Corea.
Más de 38 millones de personas pasan hambre en Estados Unidos, se apunta, y se pregunta por qué eso no ocupa portadas. La lista de ejemplos se amplía con Libia o Sudán del Sur como muestras de lo mal que funciona el otro sistema.
El argumento llega en dos versiones: la que relativiza la hambruna norcoreana y la que simplemente reclama simetría informativa. Ninguna responde a la pregunta original, y eso se le acaba recordando a quien las usa. Comparar desgracias no decide cuál de las dos es cierta.
Lo que sí se ve desde fuera: la capital y el resto
Fuera de Pyongyang y de cuatro zonas urbanas, coinciden casi todos, la pobreza es extrema, con o sin hambruna declarada. Se menciona que incluso unidades militares aparecen mal equipadas, lo que en una dictadura que exhibe ejército resulta llamativo. Y circula la explicación más cínica de cómo se logra un desfile impecable:
raciones extra durante tres semanas antes del evento. Se come lo justo para aplaudir con la energía adecuada y el resto del año es harina de otro costal.
Esa es, quizá, la única información que no viaja en condicional: lo que se ve en pantalla y lo que no aparece justo antes. Con el resto —los niños abandonados, las víctimas, la cifra real de hambrientos— cada redacción hace lo que puede y cada lector decide en quién confía. ¿Se puede informar de un país cerrado sin convertir cada noticia en un acto de fe?