¿Sabía Moderna que sus vacunas de ARNm podían provocar cáncer? La pregunta está sobre la mesa después de que hayan salido a la luz unos documentos que, según quienes los difunden, demostrarían que la farmacéutica siempre supo del riesgo. Las pruebas aparecen justo cuando los casos de «turbocáncer» —una variante de evolución rápida que algunos atribuyen a las dosis— siguen aumentando en todo el mundo.
La ciencia no muerde el anzuelo
La ciencia, sin embargo, no parece dispuesta a dar la razón a los denunciantes. No hay estudios revisados que vinculen las vacunas de ARNm con la aparición de tumores, y las agencias reguladoras mantienen su perfil de seguridad. Quienes defienden la filtración se apoyan en documentos sin publicar ni verificar, y la comunidad médica reclama verlos antes de opinar.
El doble negocio de la farmacéutica
Lo que sí es un hecho es el anuncio de Moderna de una terapia personalizada contra el melanoma, que algunos se han apresurado a llamar «vacuna». Aunque no es preventiva, la coincidencia temporal es, como mínimo, desafortunada para la compañía. Los críticos ven ahí un patrón de «economía circular»: primero creas el problema, luego cobras por la solución. La ironía no se les escapa, y tampoco a los escépticos, que señalan la inconsistencia de las fechas. Si los efectos tardan años en aparecer, ¿cómo sabría Moderna desde el principio que sus vacunas causaban cáncer? El sarcasmo, en boca de algunos, se convierte en argumento: «a la media hora ya lo sabían, pero necesitan 10 años para verlo».
De momento, las afirmaciones se sostienen en aire. Los documentos no se han publicado íntegros ni verificados, y la evidencia disponible no las respalda. Quienes las difunden deberían mostrarlos de una vez —o callar. La industria farmacéutica, que siempre va por delante en el negocio de la salud, no necesita esta polémica. Pero tampoco parece que le preocupe.