Endofobia: el reproche a quien reniega de España
Ninguna crítica extranjera hace tanto daño a un país como la que firman sus propios ciudadanos. Bajo esa convicción se ha abierto paso un término que vertebra buena parte de la conversación pública española: la
endofobia, la aversión hacia lo propio, que quienes la denuncian consideran más corrosiva que cualquier hostilidad llegada de fuera. El planteamiento sostiene que España ha recibido más daño de la desafección interna —complejo de inferioridad, recurso permanente al modelo ajeno— que de los enemigos acumulados en cuatro siglos de historia. La tesis es tajante. El desarrollo, bastante menos.
¿Qué se plantea bajo la etiqueta de endofobia?
El punto de partida es una defensa sin matices del pasado imperial, de la lengua, las tradiciones y un estilo de vida que, se afirma, otros envidian. Sobre esa base se levanta el reproche: hay quien se declara
repugnado por la pretensión de convertir España en una suerte de país anglosajón, alemán u holandés, cuando su historia es radicalmente distinta. La queja apunta también hacia dentro: ciudadanos que buscan fuera la solución a los problemas internos, cuando el país ya se sacó las castañas del fuego en episodios como la invasión napoleónica. Enfrente, otra corriente responde que criticar el propio país no es traición sino autocrítica, y que el problema no es la desafección sino el uso nostálgico del pasado como programa político.
¿Cuándo empezó la decadencia española?
Aquí arranca el desacuerdo. Una parte fecha el declive en la abolición de la Inquisición; otra corrige: la definitiva llegó más tarde de lo que se repite. La conversación maneja años, medidas y ejecuciones con soltura, aunque la cronología exacta sigue discutida y ninguna de las versiones aporta documentación. A la lista se suman la expulsión de los jesuitas bajo un rey Borbón, la pérdida del Imperio y la penetración de lo que algunos describen como liberalismo destructivo de la tradición.
¿Por qué se culpa a los jesuitas y a la masonería?
Una línea del argumento atribuye la decadencia a la expulsión de la Compañía de Jesús y a una supuesta dirección jesuita-masónica de la política mundial, con la independencia de las colonias americanas como obra de esos intereses. Otra variante añade al cuadro un Vaticano actual y unas élites financieras internacionales que operarían de consumo. Son afirmaciones que circulan sin prueba alguna y que otras voces rechazan de plano. Conviene subrayarlo: no hay conspiración verificada, hay relato.
¿Se ha vaciado la iglesia española como las del norte de Europa?
El diagnóstico se cruza. Frente a quien sostiene que las iglesias españolas están tan vacías como las inglesas u holandesas —con sacerdotes llegados de América Latina para cubrir parroquias—, otros responden que la comunidad católica sigue en pie y que el problema es teológico: el Concilio Vaticano II, las reformas posteriores y hasta la renovación en 1999 del ritual de exorcismo, que sustituyó al de 1609, habrían debilitado la práctica. Son lecturas de fe, no análisis sociológicos.
¿Localismo o nación? La disputa sobre qué es España
Aquí el choque se vuelve más interesante. Una parte sostiene que la esencia española es el localismo puro: España como comunidad de vecinos unidos por interés mutuo, donde cada cual es de su casa y, como mucho, de su escalera. Las identidades nacionales, se recuerda, se construyen entre los siglos XVIII y XIX; antes cada uno era de su pueblo y súbdito de su señor. La otra parte replica que esa esencia se perdió con el éxodo rural: la juventud ya no conoce las costumbres de sus abuelos y consume lo mismo que cualquier chaval europeo o estadounidense. El centralismo, añaden, fracasó aquí porque las regiones lo rechazaron desde su implantación.
El Imperio, la leyenda negra y las cuentas del pasado
El choque alcanza al relato colonial. Un lado defiende la obra hispánica en América —universidades, hospitales, la figura del humanista Juan Latino, catedrático en Granada en el siglo XVI— y la contrapone al legado de otras potencias. El otro responde que el Imperio fue una estructura improductiva y que las posesiones verdaderamente valiosas pertenecían a la rama austriaca de los Habsburgo. Dos relatos, una misma historia, ninguna reconciliación a la vista.
Con estos mimbres, el término endofobia tiene recorrido: nombra una incomodidad real, la de una parte del país que no se reconoce en el relato dominante. Si sirve para explicarla o para clausurar el disenso dependerá de quién acabe usándolo. La predicción más prudente: seguirá creciendo, y probablemente dirá más de quien lo emplea que de España.