La guerra abierta contra Recursos Humanos: ¿filtro inútil o chivo expiatorio?
Un camionero cambia de empresa con una llamada; su experiencia y el boca a boca valen más que cualquier proceso de selección. En la otra punta, un titulado superior encadena entrevistas con reclutadores que apenas entienden el puesto. La brecha entre ambos mundos alimenta un resentimiento creciente hacia los departamentos de Recursos Humanos, vistos por muchos como un obstáculo burocrático más que como un apoyo.
¿Para qué sirve realmente un proceso de selección?
En profesiones donde hay escasez de mano de obra —transporte, construcción, oficios manuales—, la contratación se resuelve con una conversación directa y referencias. El departamento de RRHH brilla por su ausencia. En cambio, en sectores con abundancia de candidatos, el embudo de filtros se convierte en una barrera que genera frustración. No es raro escuchar que los reclutadores aplican criterios estandarizados que ignoran el talento real.
Del malestar a la hipérbole violenta
La queja laboral ha escalado a un lenguaje de violencia simbólica difícil de ignorar. Expresiones como «hay que matar a los RRHH» circulan en foros y conversaciones, reflejando una desafección que va más allá de la anécdota. Detrás de la hipérbole late una crítica concreta: la percepción de que los procesos de selección son arbitrarios, lentos y ajenos a las necesidades reales del puesto.
El dato que descoloca
Mientras crece el discurso de que RRHH es un filtro inútil, las empresas que externalizan la selección a agencias o consultoras especializadas siguen pagando comisiones elevadas. En mercados copados, el intermediario se lleva un pellizco que podría ir al sueldo del trabajador. La paradoja es que, cuanto más fuerte es el perfil del candidato, más prescindible resulta el reclutador. Y aun así, las plantillas de RRHH no dejan de crecer.