A los 33 se puede ser joven o se puede ser ingeniera en paro viviendo con los padres
¿Cuántas veces hay que oír eso de «es que todavía soy muy joven» antes de entender que no es una fase, sino un plan de vida? Un hombre de 39 años conoce desde hace años a una mujer de 33 para 34, ingeniera informática, que vive con sus padres y su hermana, cobra prestación por
desempleo y pasa los días en cursos subvencionados —uno de inglés, otro de inteligencia artificial— acompañada de su hermana. Físicamente está en forma: va al gimnasio, mide 1,72 y resulta simpática. El problema no es el físico.
El problema es lo que dice. Y lo que dice, según relata, es esto:
«es que siento que todavía soy muy joven, que no he vivido todo lo que tenía que vivir»;
«no me veo siendo madre, soy muy joven, hoy en día se puede tener hijos hasta los 45»; y el remate:
«en cuanto acabe este curso de inglés quiero irme con mi hermana y su novio un año a Irlanda a perfeccionar el idioma». Tres frases que, juntas, dibujan un proyecto de vida sin proyecto.
El episodio de Halloween que lo cerró todo
En Halloween salió de fiesta disfrazada de Yasmín, la de Aladdin. Se hizo mil fotos, estaba ilusionada y volvió a casa a las seis de la mañana. Al día siguiente tenía
una rodilla destrozada de bailar y tuvo que tomar antiinflamatorios. No lo asoció a la edad. Tampoco le da importancia a la
«pastillita para dormir», algún tipo de somnífero que toma con regularidad.
El cuadro se completa con un detalle que a muchos lectores les resultará familiar:
tiene una ingeniería informática y está en el paro cobrando. Es decir, el título universitario que en su momento fue casi una garantía de empleo inmediato convive ahora con la prestación y con cursos de formación subvencionada que van cayendo. Así pasa el día, yendo a cursos con la hermanita.
Qué pesa más: la infantilización o el contexto económico
Aquí es donde el asunto deja de ser una anécdota de citas y se convierte en un retrato generacional. Una parte del análisis sostiene que lo que describe el caso es
una caradura que no quiere pegar palo: alguien que se ocupa con gilipolleces para tener excusas y no trabajar. Otra corriente apunta a algo menos moral y más estructural: una ingeniera de 33 años en paro en España no es un unicornio, y los cursos subvencionados son, en la práctica, una forma de mantener la prestación y la rutina.
Hay una tercera lectura, más incómoda para quien la escribe: que el nivel de infantilización
es precisamente lo que engancha. Alguien que ya vivió algo parecido con una diferencia de edad similar cuenta que estuvo a punto de cortar por lo mismo y acabó descubriendo que esa ligereza le servía para olvidarse de sus propios problemas reales.
No es un argumento de peso, pero es un argumento.
El reloj biológico y el cálculo de la espera
El detalle que más incomoda en el relato es el del calendario reproductivo. La frase de que hoy se puede tener hijos hasta los 45 no es una opinión aislada: es un lugar común que circula con naturalidad y que choca con la evidencia de que la fertilidad no se negocia con el deseo. Quien lo plantea así suele estar aplazando una decisión que no quiere tomar, y el aplazamiento se disfraza de información.
El cálculo que hace quien escribe es frío: 33 para 34, viviendo con los padres, sin ingresos propios, con un plan de irse un año a Irlanda y con la idea de que aún queda tiempo.
La suma no cuadra por ningún lado, y por eso ha dejado de responderle por WhatsApp. No es una decisión de enfado: es una retirada silenciosa.
Qué hacer cuando la otra persona vive en otro calendario
La discusión derivó hacia el cómo. La opción más repetida es la salida elegante:
decir que se está conociendo a otra persona y no hacerle perder el tiempo, porque soltarle la verdad a la cara —que se cree que tiene 20 cuando está a mitad de la treintena— solo sirve para quedar uno como el malo. Otra opción es la desaparición progresiva: si no sabe dónde aparcas el coche ni conoce a tus amigos, el tiempo hace el trabajo.
Y luego está la vía pragmática, la de mantener el contacto hasta que ella misma se vaya a Irlanda, porque el final ya está escrito. Una relación con fecha de caducidad anunciada por la otra parte tiene, al menos, la ventaja de que nadie se lleva sorpresas.
Lo que no discute casi nadie es el diagnóstico de fondo:
un título de ingeniería, 33 años y una vida organizada alrededor de cursos, hermanas y fiestas temáticas no es un problema de edad. Es un problema de proyecto. Y los proyectos no aparecen solos a los 34.