El 'adipolo' de 46 euros que se vende a 113 con una carta automática
Un grupo de compradores se organizó para adquirir el producto que se promociona de forma insistente en un conocido espacio de discusión económica. Lo primero que hicieron fue consultar las opiniones disponibles: una calificación de
4,5 sobre 5 con 40 valoraciones en TrustPilot. Suficiente para no dar por hecho que se trataba de un fraude. El resultado del experimento, sin embargo, deja más preguntas que respuestas.
El producto se comercializa en dos versiones. La estándar cuesta
45,95 euros. La llamada personalizada,
112,95 euros. Los compradores ampliaron su colecta y fueron a por la segunda. El veredicto fue tajante: el modelo caro es exactamente el mismo objeto, con una carta supuestamente personalizada que resulta ser un texto automatizado. El aviso que dejan es explícito: no merece la pena pagar el sobreprecio.
Qué es el adipolo y por qué se publicita tanto
El objeto en cuestión llega en una caja de calidad aceptable, aunque con protección interna mejorable. La queja sobre el estado del paquete es recurrente: las empresas de reparto tratan los envíos como si en el almacén hubiera
elefantes sueltos. El producto en sí, sin embargo, plantea una duda razonable: ¿justifica 46 euros el mínimo desembolso?
La respuesta depende de para qué se quiera. Quien ya tiene uno no necesita otro, salvo que tenga alma de coleccionista. El símil que se usa es el de los relojes de pulsera: con uno ya se tiene un reloj, pero mucha gente acumula varios por gusto o para combinarlos con la ropa. La diferencia es que aquí no hay variedad real que justifique la acumulación.
Seis colores y ninguno se puede elegir
Uno de los detalles que más desconcierta es el de los colores. El producto existe en
seis variantes: negro, rojo, amarillo, rosa, lavanda y verde. El comprador no puede escoger. El que llegó al grupo era verde, una opción aceptable, pero perfectamente podría haber sido rosa. La queja tiene lógica comercial: quien se sentiría satisfecho con un modelo lavanda no obtiene la misma gratificación si el despacho le envía otro color al azar.
El problema no es estético, es de gestión. Un producto que se promociona con esa intensidad debería permitir al menos elegir la variante, sobre todo cuando el precio no es simbólico. La aleatoriedad en el color convierte una compra en una lotería.
El negocio detrás de la promoción masiva
La hipótesis que circula es que el vendedor se jugó el capital con un cargamento exagerado para aprovechar descuentos al por mayor. Ahora hay que colocar todo el género para recuperar la inversión. De ahí la insistencia publicitaria. La cifra que manejan algunos es que el coste real de fabricación podría rondar los
4 euros por unidad puesta en un puerto español, con materiales de baja calidad y una vida útil corta.
Ese diferencial entre coste y precio de venta explica el margen, pero también la urgencia por vender. Si el producto casca en dos ratos, la reputación se deteriora rápido y el stock se queda muerto. La promoción agresiva no es un capricho: es una necesidad de inventario.
La versión 2.0 y la compra conjunta
Sobre la posibilidad de una versión mejorada, la respuesta es escéptica. El marketing tiende a vender cosas que no se necesitan, y si puede, dos veces. Pero en este caso no hay indicios de que vaya a aparecer un modelo con prestaciones distintas. El producto está bien como está, o al menos no hay plan conocido para mejorarlo.
La alternativa que sí se plantea es la compra conjunta. Si se negocia por volumen,
30 euros sería un precio razonable por unidad. Es la vía que suelen usar los compradores informados para sortear el sobreprecio del canal oficial. La pregunta es si el vendedor aceptaría un margen menor a cambio de colocar stock de golpe.
El producto se vende, se promociona y se discute. Lo que no está claro es si el comprador medio obtiene algo que justifique el desembolso, o si simplemente paga por participar en una broma que se sostiene sobre la curiosidad ajena. Con estos números sobre la mesa, cada cual decide si quiere tener su propio adipolo o si prefiere esperar a que el inventario se abarate.