El oro se atasca en el 0.382 y le cede el foco al bitcoin
El precio del
oro se apoya en el retroceso del 0.382 y ahí se queda. Sobre el gráfico mensual construye una lateralidad lenta, aburrida, que intenta tibiamente parecerse a un hombro-cabeza-hombro y que aplaza su decisión. Mientras el metal se adormece, el bitcoin ronda los 6.000 dólares —según se comenta en el hilo— y se lleva todo el relato. En octubre de 2017, un espacio provisional de análisis sobre metales preciosos recoge ese pulso: el oro aburre, las criptomonedas emocionan, y quien lleva años comprando onzas se pregunta si su tesis sigue en pie.
El soporte del 0.382 aguanta, pero el patrón se desinfla
El nivel del
0.382 separa una corrección sana de un problema serio. Ahí está retenido el precio, sin decisión. La figura que se dibuja en el mensual remite al clásico hombro-cabeza-hombro, ese que suele anunciar giros; pero el hombro derecho se estira, la pendiente se relaja y la ruptura se retrasa más de lo que manda la teoría. La pauta se malogra por pura dilatación.
Si esa intentona fracasa, el abanico se abre en dos direcciones incómodas: un retroceso violento hasta la propia zona del 0.382 ya perdida, o una visita al
0.54 e incluso al
0.618 de la subida previa. No es un escenario catastrófico. Es, simplemente, el más probable cuando una estructura pierde su punto de apoyo.
¿Hasta dónde puede caer el precio del oro?
En el hilo se fijan dos umbrales. Según la previsión que allí se expone, el escenario alcista se mantiene mientras no se pierdan los
1.250 dólares la onza y el bajista se activa si se rompen los
1.050. Entre ambos, rango: momento de mantenerse al margen y no tocar nada. La horquilla no es estrecha, y ahí está justo el problema.
El cálculo más pesimista que circula apunta a los
700-800 dólares, seguidos de un rebote brusco cuando los rendidos ya hayan vendido. La contra objeción es de sentido común: a esos precios nadie vende, y quien quisiera comprar a pie de calle tampoco podría. Los mercados, sin embargo, no funcionan por lógica. Lo demuestra que una moneda virtual haya alcanzado los 6.000 dólares.
Oro contra bitcoin: la comparación que incomoda
El cofundador de Apple,
Steve Wozniak, sostuvo que el bitcoin es mejor que el oro y que el dólar. Su argumento: la cantidad de bitcoins está fijada de antemano y las monedas tradicionales no tienen ese tope. La idea flota en el ambiente y arrastra dinero. De los 21 millones de unidades previstas, tocan a poco entre una población mundial de miles de millones, un ejercicio de escasez que muchos trasladan directamente a la onza.
Frente a eso, la respuesta metalera recurre a la vieja ocurrencia: una onza de oro no se puede bifurcar, ni duplicar, ni repartir en dos que sigan siendo una onza. El metal acumula siglos de historial. El token, minutos. Y aun así la comparación no cesa, porque el bitcoin cotiza como el oro soñaba cotizar.
Los alemanes compran oro y la prensa lo cuenta
Que los alemanes compren oro no es noticia; llevan haciéndolo toda la vida. Lo llamativo es que un medio generalista español lo publique, porque esa información golpea la línea de flotación de los bancos y de la confianza en el sistema. Cuando un diario de gran tirada habla de compra de metales, algo se mueve en el relato.
En esa misma estela circulan las previsiones de
Jim Rickards, que sitúan la onza en
10.000 dólares para principios de 2018. Un objetivo que se recibe con sorna: no se sostiene por oferta y demanda, sino por una eventual solución dorada, un nuevo Bretton Woods con precio fijo del oro para resetear la deuda. El detalle incómodo es que quien difunde esa versión suele vender oro. Y también lo vende quien la rebate.
De la onza física al plan de pensiones
Aportar a un plan de pensiones privado se considera aquí un timo. La alternativa que se repite es tener metales —oro, plata y, según el humor, plomo— y algún activo difícil de embargar. La lógica: el país está endeudado hasta el cuello y una parte de esa deuda depende de los ahorros privados. La colección de onzas, en cambio, no aparece en el balance de nadie.
Es un razonamiento defensivo, no especulativo. Quien compra para revender a tres años se equivoca de instrumento. El lingote no da rentas, no paga cupones y no se ve en la pantalla. Su única promesa es seguir siendo el mismo gramo cuando todo lo demás cambie de signo.
La semana cierra con el metal en laterales bajistas, sin drama. Y con una curiosidad que resume el asunto mejor que cualquier gráfico: en los aeropuertos de la India se detiene a viajeros que tratan de introducir oro en polvo y escondido en el interior del cuerpo. Ni bitcoin, ni blockchain, ni contratos en yuanes. La vieja onza, a escondidas, sigue encontrando su camino.