Seis metros y 83 centímetros de avance por 7.000 bajas
La contraofensiva ucraniana en el frente de Zaporihya ha dejado un balance que, según un cálculo que circula en un foro entre seguidores del conflicto, se mide en centímetros. Ese cálculo cifra el avance territorial en
6 metros y 83 centímetros a cambio de
7.000 bajas y un reguero de vehículos blindados convertidos en chatarra. La cifra, imposible de verificar de forma independiente, resume el tono con el que una parte del público español sigue la guerra: la sensación de que el material occidental enviado a Ucrania se está deshaciendo en el campo de batalla sin mover apenas la línea del frente.
El asunto arranca con una discusión sobre si ese resultado puede considerarse un éxito. La ironía recorre cada mensaje:
un exitazo, repiten, mientras se acumulan imágenes de torretas de carros de combate lanzadas por los aires y de columnas de vehículos destruidos en el mismo punto del mapa. La pregunta que sobrevuela no es táctica, sino económica: cuánto cuesta cada metro ganado y quién paga la factura.
El Leopard 2A6 y el campeonato de la torreta voladora
El carro de combate alemán Leopard 2A6 se ha convertido en el símbolo involuntario de este balance. Las imágenes que circulan por redes muestran torretas separadas del chasis tras la detonación de la munición, un fenómeno que los analistas militares conocen bien y que aquí se ha rebautizado con sorna como el
campeonato de la torreta más alta. El precio del aparato,
11 millones de euros por unidad, se compara con el de un dron kamikaze Lancet, valorado en torno a
20.000 euros. La asimetría de costes es el argumento central de quienes sostienen que el envío de blindados occidentales ha sido un error estratégico.
Hay quien defiende que el problema no es el material, sino su empleo. El Leopard se diseñó como carro defensivo: grande, pesado, con el blindaje concentrado en el frontal, pensado para esperar atrincherado el asalto de columnas acorazadas soviéticas. Lanzarlo a una contraofensiva sobre campo abierto y minado, argumentan, es usar la herramienta al revés. Los carros de origen soviético, más ligeros y con otra filosofía de diseño, estarían mejor adaptados a ese tipo de maniobra, aunque el resultado sobre el terreno no invita a sacar pecho.
La defensa aérea que deja de cubrir y los helicópteros que salen de noche
Otro de los hilos del análisis apunta a la
defensa antiaérea. Los sistemas IRIS-T, de fabricación alemana y un coste aproximado de
17 millones de euros, habrían dejado de proporcionar la cobertura necesaria en determinados sectores. Sin ese paraguas, los helicópteros de ataque Ka-52 pueden operar de noche y atacar convoyes con misiles antitanque. Los vídeos de esos ataques, difundidos por canales de seguimiento del conflicto, muestran impactos sobre vehículos de transporte de tropas y blindados ligeros en la dirección de Orekhoff.
La secuencia que describen quienes siguen el frente es siempre la misma: el vehículo avanza, pisa una mina o recibe un impacto, queda inmovilizado, y el resto de la columna se convierte en blanco fácil. Los intentos de contrabatería se topan con la dispersión de las posiciones rusas y con la dificultad de localizar lanzaderas móviles. El resultado es una acumulación de chatarra en puntos concretos del mapa que se repite en las imágenes que se comparten.
¿Por qué los blindados occidentales se acumulan en el mismo punto del frente?
Porque los campos de minas y la artillería crean cuellos de botella. Los vehículos que consiguen abrirse paso por un pasillo estrecho quedan concentrados en un espacio reducido, donde cualquier impacto bloquea a los que vienen detrás. Los intentos de desplegarse en abanico chocan con el terreno y con la densidad de minas. La consecuencia es que el material se destruye en el mismo lugar, lo que facilita el trabajo de los sistemas de vigilancia y de las unidades antitanque.
El análisis más crítico sostiene que Ucrania ha empleado tácticas de maniobra propias de la OTAN en un escenario para el que no está preparada: sin superioridad aérea, sin suficiente defensa antiaérea y con una logística expuesta a los ataques de largo alcance. La conclusión que extraen es que el material occidental no es malo en sí, pero se ha convertido en piezas inútiles al ser empleado en condiciones desfavorables. La experiencia acumulada por el ejército ruso en la adaptación a esas armas es, según esta lectura, un factor decisivo.
El coste industrial y comercial para Alemania
Más allá del campo de batalla, el debate tiene una derivada económica. Alemania permitió el envío de sus carros más modernos y ahora asiste a la destrucción de esos mismos aparatos en vídeos que dan la vuelta al mundo. La factura reputacional para la industria de defensa alemana es difícil de calcular, pero algunos análisis apuntan a un posible efecto comercial: si los Leopard se perciben como vulnerables, los compradores internacionales podrían inclinarse por alternativas estadounidenses o británicas. La pérdida del gasoducto Nord Stream y la caída de la venta de blindados dibujan un escenario incómodo para Berlín.
La paradoja es que el carro alemán no es objetivamente peor que sus competidores. Cualquier vehículo sometido a un campo de minas, artillería y misiles antitanque acaba destruido. La diferencia la marcan la doctrina de empleo, el apoyo de otras armas y la capacidad de sostener las pérdidas. En ese terreno, la contraofensiva ha dejado al descubierto las carencias de un ejército que depende de suministros externos para reponer cada vehículo perdido.
El avance que se mide en metros y la pregunta que sigue sin respuesta
El balance que se maneja en los círculos que siguen el conflicto es demoledor:
6 metros y 83 centímetros de avance territorial a cambio de miles de bajas y de un parque de blindados diezmado. La cifra, repetida con ironía, no procede de ningún estado mayor, sino de la acumulación de informaciones fragmentarias sobre el terreno. Lo que sí es verificable es la cantidad de imágenes de vehículos destruidos y la insistencia de las mismas zonas del frente en todos los partes.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse una ofensiva que avanza centímetros mientras pierde millones en material? La respuesta depende de factores que no aparecen en los vídeos: la capacidad de movilización, el flujo de armas desde Occidente y la disposición política a asumir el coste. Ninguno de esos tres elementos tiene una respuesta cerrada en este momento. La única certeza es que el campo de Zaporihya se ha convertido en el cementerio más caro de la guerra.