El catacrack que se esperaba en octubre y que aún no ha llegado
¿Cuándo pincha una burbuja? Nadie lo sabe, y quien dice saberlo está vendiendo algo. En septiembre de 2020, sin embargo, hubo una corriente de inversores dispuesta a poner fecha al estallido:
octubre. La tesis del catacrack bursátil no era un arrebato místico, sino un argumento de calendario. El cuarto trimestre es cuando empresas y Estados cierran el ejercicio, ejecutan los recortes que no se atrevieron a hacer antes y renegocian o pagan los préstamos que vencen. Con el
PIB cayendo entre un 10% y un 20% en el segundo trimestre y un tercero de rebote, octubre parecía el mes ideal para que todo saltara por los aires.
El plan se planteó con tres opciones: vender antes de octubre, vender tras los resultados empresariales o aguantar a ver qué pasa. Meses después, la respuesta sigue abierta.
¿Por qué octubre y no otro mes?
Porque el calendario del último trimestre concentra los ajustes más duros del año. El razonamiento tenía tres patas. La primera, contable: los objetivos anuales se cumplen recortando en el cuarto trimestre, no en el primero. La segunda, bursátil: la mayoría de resultados empresariales se publican en octubre, lo que deja una ventana perfecta para vender la
recuperación a quien llega tarde mientras los grandes colocan sus posiciones.
La tercera pata era sanitaria y climática. El paso del tiempo veraniego al otoñal multiplica los catarros y las afecciones respiratorias, y nadie sabía cómo iba a digerir la sociedad un otoño con virus circulando. Sobre esa combinación se construyó el pronóstico: primero el espejismo, después el golpe.
Tesla, Amazon y Apple: la burbuja medida en PIBs
El argumento más contundente no venía de los gráficos, sino de las cuentas. Se señaló que
Tesla sube algunos días un 10%, lo que equivale a 27.000 millones de capitalización: varias Renault, una Ford entera o medio grupo Volkswagen de golpe. En la misma línea circularon comparaciones todavía más gruesas: una sola sesión de Amazon valiendo lo mismo que todo Inditex, o Apple superando dos veces el PIB de España.
Que alguien discuta la cifra exacta es lo de menos. El problema es de escala. Cuando una compañía suma en un día la capitalización completa de un fabricante centenario, el mercado deja de valorar negocios y empieza a valorar relatos. Y los relatos, a diferencia de los dividendos, no pagan el alquiler.
El indicador de Buffett que se salía del gráfico
El segundo aviso llegó por la vía clásica: la relación entre la capitalización bursátil total y el PIB, el termómetro que Warren Buffett popularizó como detector de burbujas. En los datos manejados, ese ratio marcaba
máximos históricos y la curva se salía literalmente de la escala del gráfico. La conclusión que se extraía era sencilla: si la bolsa vale mucho más que toda la economía que la sustenta, alguien tendrá que ajustar la cuenta.
La objeción habitual es que el indicador lleva años dando señales falsas y que con tipos de interés por los suelos las valoraciones aguantan más de lo razonable. Ambas cosas son ciertas. También lo es que una señal que lleva años encendida no se apaga sola.
Mientras tanto, la economía real no daba tregua
En paralelo a los índices, los datos de actividad apuntaban en la dirección contraria. El turismo afrontó el otoño con un
desplome de más del 90% de las reservas, y Europa entró en octubre con toques de queda para contener los contagios. Los sectores que sostienen el empleo en España —hostelería, transporte, ocio— se quedaban sin temporada alta y sin visos de recuperarla antes de primavera.
Ese es el nudo del asunto: si la economía real se contrae y las cotizaciones suben, la separación se paga en algún momento. Puede pagarse con una caída violenta o con años de mercado lateral soportando la inflación, pero se paga.
Corrección temporal o catacrack: el desacuerdo que no se cierra
Aquí se rompe el consenso. Hay quien sostiene que lo vivido fue una simple corrección dentro de un ciclo alcista que aún tiene cuerda, y que el sistema no va a implosionar tan rápido: los gráficos en escala logarítmica, dicen, siguen mostrando tendencia.
En el extremo opuesto, la apuesta es un colapso mayor. Un escenario que se manejó situaba el Ibex por debajo de 6.000 puntos, muy probablemente por debajo de 5.000 y con un mínimo histórico en el entorno de 4.000-3.500, todo ello antes de finales de 2022. Entre medias, la tesis de la liquidez: mientras los bancos centrales mantengan la manguera abierta, lo único que baja con claridad es el dólar. La negociación del estímulo fiscal en
Estados Unidos, con Trump y Pelosi sin cerrar acuerdo, se convirtió en el termómetro de corto plazo.
Cortos, apalancamiento y el trilerismo de los rebotes
La letra pequeña la puso la operativa real. Un inversor en corto detalló su cuenta sin adornos: pasó de un
+60%, unos 16.000 euros, a un -50%, 5.000 euros, y se salvó de perder hasta la camisa porque cerró antes de que abrieran los mercados. El apalancamiento convierte cualquier rebote en una liquidación.
En medio de esa volatilidad, valores pequeños se movieron como chicharros:
Hawaiian Holdings llegó a revalorizarse un 50%, casi a niveles previos a la pandemia. La lección práctica es incómoda: en un mercado así, acertar la dirección no basta si el tamaño de la posición te expulsa antes de tener razón.
Al cierre de esta discusión, octubre seguía sin haber terminado y el Nasdaq seguía en pie. La profecía no había fallado. Solo se había aplazado, que es exactamente lo que hacen todas las profecías cuando se les acaba el mes.