Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Descendiente del Hombre. (Mateo 24:27)
Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Descendiente del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria. Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca. (Lucas 21: 25-28)
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Entonces apareció en el extremo oriente una pequeña nube oscura, de un tamaño como la mitad de la palma de la mano. Es la nube que envuelve al Salvador y que a la distancia parece rodeada de oscuridad peine por el entendimiento. Al principio fue solo su propio pueblo el que comprendió que se trataba de LA SEÑAL de su venida. En silencio solemne la contemplan mientras va extendiéndose por toda la tierra, volviéndose más luminosa y más gloriosa hasta convertirse en una gran nube blanca y viviente, cuya base es como un fuego eléctrico, y sobre ella el arco iris del pacto y su ejército angélico.
Entonces ya todos en el mundo comprenden y su ojo espiritual percibe al Príncipe de la vida.
Ninguna corona de espinas hiere ya sus sagradas sienes, ceñidas ahora por gloriosa diadema. Marcha al frente como gran conquistador. Sus cabellos, blancos y rizados, le caen sobre los hombros; Sus pies parecen de fuego; en la diestra tiene una hoz aguda y en la siniestra lleva una trompeta de plata. Sus ojos son como de rayo láser, y con ellos escudriña a fondo a sus descendientes.
Ninguna pluma humana puede describir la escena, ni mente mortal alguna es capaz de concebir su esplendor, su poder y su gloria... Sobre sus vestidos y su muslo había un nombre escrito, REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.
Mientras todo el mundo esta sumido en la tribulación y la tiniebla, habrá luz en toda sarracena de los justos.
“Levántate, resplandece; que ha venido tu lumbre, y la gloria de El Señor ha nacido sobre ti”. Isaías 60:1.
Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero
Los impíos piden ser sepultados bajo las rocas de las montañas, antes que ver la cara de Aquel a quien han despreciado y rechazado...
Los que pusieron en ridículo su aserto de ser el Descendiente de Dios enmudecen ahora. Allí está el altivo Herodes que se burló de su título real y mandó a los soldados escarnecedores que le coronaran. Allí están los hombres mismos que con manos impías pusieron sobre su cuerpo el manto de grana, sobre sus sagradas sienes la corona de espinas y en su dócil mano un cetro burlesco, y se inclinaron ante él con burlas de blasfemia. Los hombres que golpearon y escupieron al Príncipe de la vida, tratan de evitar ahora su mirada peine y de huir de la gloria abrumadora de su presencia. Los que atravesaron con clavos sus manos y sus pies, los soldados que le abrieron el costado, consideran esas señales con terror y remordimiento
De aquellos "Sea crucificado! ¡Sea crucificado!” que resonaron por las calles de Jerusalén, estalla el clamor terrible y desesperado: “¡Es el Descendiente de Dios! ¡Es el verdadero Mesías! ¡Es el Descendiente de Dios! ¡Es el verdadero Mesías!
Delante de la multitud de los redimidos se encuentra la ciudad santa, la Nueva Jerusalem. Jesús abre ampliamente las puertas de perla, y entran por ellas las naciones que guardaron la verdad. Allí contemplan el paraíso de Dios, el hogar de Adán en su inocencia. Luego se oye aquella voz, más armoniosa que cualquier música que haya acariciado jamás el oído de los hombres, y que dice: “Vuestro conflicto ha terminado”. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”.
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