Bitcoin sube a 126.000, cae a 80.000 y nadie sabe por qué
Bitcoin no ha muerto. Eso ya lo sabíamos. Lo que sigue sin explicación, casi dos años después de que arrancara este tramo, es la mecánica exacta del viaje: por qué el precio se fue a los
126.000 dólares, por qué se dejó un tercio de su valor hasta los 80.000 y por qué rebotó justo cuando las subidas de tipos de la Reserva Federal invitaban a lo contrario. Dieciséis años después de su nacimiento, el activo sigue haciendo lo de siempre: dejar en evidencia a todo el que promete haberlo entendido.
En enero bitcoin cumplió su decimosexto aniversario. Lo celebró oscilando entre los 92.500 y los 104.000 dólares, con el mercado partido entre quienes esperaban el derrumbe de siempre y quienes llevaban meses repitiendo una única instrucción: no hacer nada.
Tate quietico. Lo que pilles, consérvalo. Quien la cumplió, ganó; quien se puso a operar, pagó la fiesta.
De 104.000 a 92.500 en un solo día
El punto de partida fue sucio. El precio pasó de
104.000 a 92.500 dólares en una sola jornada, con un tramo de caída del
6,5% en tres minutos que barrió a los operadores apalancados por encima de diez veces su capital. La secuencia se repitió varias veces: primero el susto, después la compra. Quien aguantó la posición sin mirar la pantalla salió indemne; quien intentó anticiparse, no. La estadística doméstica es implacable en ese punto: la mayoría de las posiciones perdedoras no las provocó el mercado, las provocó el dedo del inversor.
En plena corrección se llegó a ver un muro de
2.000 BTC a la venta justo antes de los 85.990 dólares. Unos lo leyeron como una trampa para asustar al minorista; otros, como simple distribución de ballenas. La anécdota de color del periodo la firmó una máquina expendedora: las Teika instaladas en hospitales de la Comunidad Valenciana aceptan pago en bitcoin, y más de uno compró su chocolate con la red Lightning mientras discutía sobre el fin del mundo.
La reserva estratégica de bitcoin que firmó Trump
El 6 de marzo de 2025 llegó el giro que muchos llevaban una década esperando y otros tantos negando. El presidente de Estados Unidos firmó una orden ejecutiva que creaba una
Reserva Estratégica de Bitcoin, capitalizada con los bitcoins incautados por el gobierno federal en procedimientos penales o civiles. La cifra estimada: unos
200.000 bitcoin. Sin auditoría completa, se advertía en el propio anuncio.
La letra pequeña importa más que el titular. La orden prohíbe vender los bitcoins depositados en esa reserva y los define como almacén permanente de valor. Al mismo tiempo, deja abierta la puerta a liquidar otros activos digitales incautados —XRP, Solana, Ethereum— para reinvertir el producto en bitcoin. Es decir: el Estado no compra con dinero de nadie, pero tampoco promete no vender. La lectura oficial insiste en que no costará «ni un centavo» al contribuyente, aunque cualquier decisión sobre un activo tiene un coste de oportunidad, se compre o no.
El argumento que se extrae es de manual: reservas estratégicas nacionales por un lado, monedas fiat deteriorándose por otro y deuda impagable al alza como telón de fondo. Con esa combinación, sostienen algunos, bitcoin es barato a cualquier precio. La objeción es tan vieja como el activo: sin auditoría completa, nadie sabe cuánto bitcoin tiene realmente el gobierno que dice tenerlo.
¿Por qué en España apenas se habla de bitcoin?
Aquí surge una de las tesis más repetidas del periodo: que existe un
apagón informativo deliberado. Se argumenta que los medios españoles solo publican las malas noticias o, como mucho, un titular esquinado cuando el precio marca máximos. El razonamiento que acompaña a esa sospecha es económico, no conspirativo: cada euro que entra en bitcoin es un euro que no va al IBEX ni al ladrillo, y los intermediarios financieros tradicionales pierden negocio. La conclusión que saca quien defiende esa idea es incómoda para Hacienda: si no se ocultara el activo, los beneficios declarados habrían engordado las arcas públicas. Es una hipótesis, no un dato, y conviene tratarla como tal.
Del techo de 126.000 al suelo de 80.000
Después de la euforia llegó la cuenta atrás. El máximo de
126.000 dólares se convirtió en recuerdo lejano cuando el precio perforó los 110.000, atravesó los 90.000 y acumuló un
30% de caída desde máximos. En el camino quedó un año de dolor que los veteranos describen sin dramatismo, casi con rutina.
Ahí aparece el cálculo más difundido del ciclo: de 126.000 a 80.000 hay 46.000 de caída; restarlos desde los 80.000 deja un posible suelo en
34.000 dólares. Con esa cifra sobre la mesa, la estrategia que se repite es promediar a la baja hasta poder comprar medio bitcoin por 17.000. Nadie lo da por hecho. Nadie lo descarta. Y hay quien sostiene, con la misma convicción, que el mínimo ya se ha visto.
Un 5% no es nada: lo que cayó Nvidia en media hora
La comparación que más se repitió durante las jornadas rojas fue la de la volatilidad relativa. Bitcoin se dejó en un día un
5%, una cifra que en su propia historia es casi una anécdota: se han visto desplomes de hasta el
80% desde máximos. En el mismo tramo, Nvidia —la mayor empresa del mundo por capitalización— cayó un
18% en treinta minutos, Oracle se dejó cerca de un
40% desde sus máximos y el oro y la plata, ese refugio de toda la vida, retrocedieron en torno a un
10%. El argumento que se extrae es simple: si bitcoin es volátil, el resto del mercado no se queda corto. Solo que la etiqueta de riesgo la lleva siempre el mismo.
¿Quién mueve de verdad el precio de bitcoin?
La respuesta corta es que ya no lo mueve el pequeño inversor. Gran parte del flujo viene de mercados institucionales, futuros y ETF; los fines de semana las oscilaciones se estrechan porque el dinero grande descansa.
Algo que tiene billones en capitalización no lo puede mover la gente. De ahí la controversia sobre qué bitcoin compra uno: el que se guarda en una cartera propia o el que custodia un banco.
En España esa pregunta dejó de ser teórica.
BBVA y Santander ofrecen custodia institucional de criptoactivos. La crítica interna es feroz: algunas de esas carteras no permiten transferir los bitcoins a otra dirección, lo que en la práctica convierte al titular en acreedor de un intermediario y no en dueño de una llave. Se sostiene que la solución de mudarse a una jurisdicción amable es cosa de ricos, no un remedio universal, y que la regulación europea MICA y las normas de blanqueo empujan al activo a integrarse en el sistema que nació para esquivar. Portugal, de momento, sigue sin gravar las plusvalías de criptoactivos mantenidas más de un año. Nadie apuesta a que dure.
Bitcoin ya paga chocoleches en hospitales valencianos
Frente al argumento clásico de que con bitcoin no se puede comprar el pan, existe una respuesta física: las máquinas expendedoras Teika de varios hospitales de la Comunidad Valenciana aceptan pago en bitcoin tanto por la cadena principal como por
Lightning Network, la capa de pago rápido construida sobre la red. Es la parte técnica menos discutida y más útil del ecosistema.
En paralelo, la propuesta
BIP 360 se fusionó en el repositorio oficial del protocolo y añade un nuevo tipo de dirección, la
P2MR (Pay-to-Merkle-Root), orientada a reforzar la seguridad futura de la red. Son mejoras discretas, sin titular, y probablemente lo único de este ciclo que sobrevivirá al precio. Un veterano que dice llevar dentro desde 2011 resume la década y media de usos que le ha visto: lotería, mensajería, caja fuerte multifirma, notarización y red de compensación. No es dinero, sostiene; es una fuente de certidumbre descentralizada que, entre otras cosas, puede usarse como dinero.
Dónde está el precio ahora
El último tramo deja una escena rara: bitcoin subiendo mientras la Reserva Federal subía tipos, contra el manual de los últimos quince años. Hay quien lo atribuye al movimiento de la SEC tras el rechazo de la Clarity Act, a la caída del Brent, al abaratamiento de los bonos y al rumor de paz en una guerra que a nadie le interesa alargar. Y hay quien simplemente admite que nadie tiene ni idea, que es la posición más honesta de todas.
El pronóstico más repetido apunta a un nuevo mínimo por debajo de los 80.000 antes de cualquier otro máximo histórico. También se repite, con idéntica convicción, que estos son los precios más baratos que volveremos a ver. Las dos cosas no pueden ser ciertas. Y sin embargo, las dos seguirán diciéndose cuando el próximo ciclo vuelva a empezar.