Ferraz, la calle como último recurso contra la amnistía
Hay una paradoja que recorre cada convocatoria de protesta contra la amnistía: quienes la apoyan sostienen que la calle es el único contrapoder que queda cuando el Parlamento ya ha decidido. Y quienes la rechazan replican que en una democracia las urnas no se corrigen con abucheos frente a una sede. La convocatoria para las 19:00 en la calle Ferraz, frente a la sede del PSOE, ha reabierto esa tensión con un detalle que no es menor: según las informaciones que se han ido publicando, la protesta no la convoca ningún partido, sino cuentas afines a Vox y perfiles que durante la pandemia llamaron a romper el confinamiento. Ese pedigrí organizativo explica tanto el entusiasmo como el escepticismo.
Qué se convoca y quién lo convoca
La cita es a las 19:00 en la calle Ferraz, frente a la sede del PSOE. La convocatoria circula por redes y mensajería, sin estructura de partido detrás. Según las informaciones que se han ido publicando, el germen de la protesta se encontró en Twitter, Telegram y otras plataformas por parte de cuentas afines a Vox, así como de perfiles defensores de teorías de la conspiración que durante la pandemia llamaron a romper el confinamiento y animaron a no vacunarse. Ese origen condiciona la lectura: para unos es una muestra de que la indignación desborda a los partidos; para otros, la prueba de que la convocatoria nace contaminada y acabará diluyéndose.
Hay quien sostiene que la protesta servirá para visibilizar el rechazo a la amnistía. En contra pesa el argumento de que una concentración sin convocante claro se convierte en un guirigay que la policía puede desalojar sin coste político. Y hay un tercer grupo que directamente pronostica el fracaso: «Los españoles no tienen cojones ni para ir a protestar», resume una de las intervenciones más repetidas.
El argumento económico: la condonación de deuda como agravio
El eje económico del malestar no es la amnistía en sí, sino su factura. El Gobierno afirma ahora que no perdonará un 20% de deuda a todas las autonomías mientras le ha perdonado 15.000 millones a Cataluña. El Ejecutivo sostiene que la cifra dependerá de la «infrafinanciación» que padecieron durante la crisis de 2008, y que ya hay una metodología acordada para calcular el importe a condonar. Los importes concretos, sin embargo, no se conocen todavía porque el Ejecutivo está en funciones.
Ese diferencial —15.000 millones para una comunidad, porcentaje variable para el resto— es el combustible que muchos esgrimen para justificar la protesta. La pregunta que sobrevuela es incómoda: si el perdón de deuda es legítimo para unos y no para otros, ¿qué criterio lo decide? La respuesta oficial, de momento, es una metodología sin cifras.
El descontento que va más allá de la amnistía
En la convocatoria se mezclan agravios de distinto signo. Aparece la jubilación a los 67 años, el desempleo por encima de la media de la OCDE, un SMI que se reclama de 1.500 euros netos. También la sensación de que el gasto público se destina a unos fines y no a otros: hay quien denuncia que a familiares con discapacidad no les llegan ayudas mientras sí hay dinero para otras partidas. Esa amalgama —amnistía, deuda, salario, gasto social— es lo que convierte la protesta en algo más difuso que una simple manifestación contra una ley.
El riesgo de esa mezcla es evidente: cuando la convocatoria no tiene un solo motivo, es más fácil que se la apropie cualquier causa. Y más difícil que produzca un resultado concreto.
Qué se espera de la calle y qué no
La discusión sobre la utilidad de la protesta divide aguas. Una corriente defiende que solo la presión sostenida cambia decisiones: «Sirven cuando vas con piedras y palos. Les metes tal cagonazo que se vienen las negociaciones», resume una intervención. Otra sostiene que las concentraciones sin respaldo institucional se diluyen en una tarde. Y una tercera apunta a la huelga como única palanca real: «Lo único que puede hacer realmente la gente a la que le afecte es una huelga indefinida; el resto le da igual».
El dato que descoloca es que ninguna de esas corrientes tiene forma de medirse. No hay convocante, no hay cifra de asistencia comprometida, no hay objetivo declarado más allá de la protesta misma. Con ese punto de partida, el resultado de la concentración dependerá menos de lo que se grite que de cuánta gente decida bajar a Ferraz a las 19:00.
¿Y si al final la calle no cambia nada? Es la pregunta que nadie responde, y la que decide si esto es el principio de algo o una tarde de abucheos.