UCI World Tour 2026: sueldos de 8 millones y etapas bajo protesta
El ciclismo ya no discute su temporada en términos deportivos, sino contables. El World Tour de 2026 se ha convertido en un mercado donde un gregario de lujo cobra
8 millones de euros al año, una cláusula de rescisión se planta en
100 millones y hasta equipos que no militan en la máxima categoría pagan a su estrella
siete millones y pico por curso. Quien no tenga un fondo de inversión detrás, compite con un cuchillo en un duelo de pistolas.
Ocho millones al año para una segunda espada
La primera batalla del curso es el dinero. La cifra que se repite en cada conversación es la de un corredor que no es jefe de filas y que, aun así, firma
ocho millones anuales. La sospecha que recorre el ambiente es que ese capital no responde a un retorno deportivo medible, sino a una estrategia de quienes están por encima de los equipos: interesa inyectar dinero en un deporte relativamente barato de producir.
Hay quien sostiene, sin pruebas, que el flujo constante huele a
humo. Los más veteranos recuerdan que el rey sigue siendo el de la época de la EPO —Pantani, Armstrong— y que aquel dopaje no disponía de la tecnología de hoy. Conviene decirlo con todas las letras: son sospechas, no hechos probados, y ningún control cerrado respalda la acusación que se lanza a la ligera cada verano.
El resultado práctico de esa inflación es un pelotón cada vez más parecido a la Fórmula 1. El equipo donde corre Pidcock ni siquiera es de la máxima categoría y le paga siete millones y pico al año. El cálculo es sencillo: si un conjunto modesto puede permitirse eso, el que aspire a ganar el Tour necesita una inversión que supere a la del UAE o la del Visma.
La burbuja Evenepoel y el techo del Tour
Para clásicas, mundiales, vueltas cortas y contrarrelojes, Evenepoel es solvente. Para el Tour, no. El belga aterriza en un equipo con un bloque de montaña teóricamente superior —Lipowitz, Vlasov, Hindley, Martínez, Pellizzari— y con una nómina de segunda espada que lo sitúa entre los mejor pagados, pero su ventana de oportunidad se estrecha por arriba. Mientras Pogacar y Vingegaard sigan en el candelero, con ganas y preparación, el Tour se le queda en chino.
No ayuda que uno de sus propios compañeros, el exbiatleta Florian Lipowitz, llegue en línea ascendente. Y detrás llaman a la puerta de las rondas de tres semanas una generación entera: Onley, Del Toro, Vauquelin, Seixas, Uijtdebroeks, Johannessen. Aquí no hay margen para la nostalgia.
La lectura más escéptica es que existe una burbuja en torno al belga: incapaz de ganar salvo en contrarreloj o en clásicas donde no esté el esloveno. Sus limitaciones son evidentes. El mercado, de momento, no lo cree.
El Tour de los dos amos y la escapada bidón
El Tour confirmó lo previsible. Con solo cinco puertos de categoría especial y tres de ellos concentrados en la penúltima etapa, el recorrido se queda en tierra de nadie: ni dureza para romper la carrera ni terreno donde los favoritos se ataquen lejos de meta. El resultado es una carrera que se decide casi siempre en el último puerto.
El día del Tourmalet, sin embargo, el pelotón regaló un clásico instantáneo. El Lidl-Trek montó una
escapada bidón que llegó a tener casi
12 minutos sobre el grupo de favoritos; Traeen se puso de líder y García Pierna acabó tercero. Hacía años que no se veía algo semejante. Los puristas lo llaman descontrol; los demás, lo único emocionante de tres semanas.
Lo demás fue el UAE meándose al resto del pelotón, con Tadej separando el grano de la paja a 105 kilómetros de meta. Y una caída en un día llano —se habla de una piedra grande en la calzada, rumor sin confirmar— que reabrió el debate sobre la agresividad del esloveno y sus descensos kamikazes.
Vuelta 2026: el recorrido como peaje y las banderas como muro
La Vuelta fue otra cosa. El trazado recibió críticas unánimes por un diseño que, según una corriente muy repetida, saca
los cuartos a ayuntamientos y diputaciones por encima de los intereses deportivos: puertos que suben hasta los esprinters, jornadas de 130 kilómetros que hace cualquier cicloturista y etapas alpinas desaprovechadas antes de que empiece la música.
Pero el gran conflicto no fue el trazado. En varias jornadas, la carrera se topó con protestas por la presencia del equipo israelí, con banderas palestinas y pancartas que obligaron a neutralizar tramos enteros. Hay quien sostiene que la actuación policial fue tibia, que no se identificó ni se detuvo como correspondía, y que esa lenidad convirtió un incidente puntual en una bola de nieve. Otros defienden que la protesta legítima tiene cabida en cualquier escaparate social. Lo que nadie discute es el perjudicado: el aficionado que perdió la etapa.
La situación llegó al extremo de que algunos ciclistas advirtieron de que, si el circo se repetía, se bajaban de la bici. La Vuelta, para muchos, dejó de ser una carrera y pasó a ser un campo de batalla ajeno al deporte. Se habló abiertamente de imagen internacional, de país bananero y de tocar el calendario vasco durante una década. Hinault, por cierto, negociaba estos asuntos en plena ruta con una soltura que hoy se antoja imposible.
El Angliru y la tabla que deja España en evidencia
Deportivamente, la ronda española dejó una ganador merecido: Almeida se llevó la etapa del Angliru a base de ritmo, sin latigazos, como un diésel que sube hasta que los demás se caen. Vingegaard aguantó de sobra para conservar el liderato, Hindley y Kuss cumplieron, Pidcock flojó algo. Un día de más de 200 kilómetros que, contra lo habitual en esa cima, no bloqueó la carrera del todo.
El retrato incómodo llegó al mirar la clasificación general: los mejores españoles eran dos corredores del Caja Rural, con Abel Balderstone a la cabeza del pelotón nacional. El Movistar, mientras tanto, sigue arrastrando la etiqueta que le colgaron hace años: el Getafe del World Tour. Sin Romeo en liza y con Romo sin asimilar las tres semanas, el equipo se queda sin referentes en su terreno.
La victoria de Almeida, merecida, también sirvió para recordar que España ya no produce vueltómanos capaces de aguantar tres semanas al máximo nivel. Y que el hueco lo ocupan daneses, eslovenos y portugueses.
Ruanda, el Mundial y unos magníficos que llegan a un minuto
Fuera de Europa, el Mundial repartió elogios. La organización fue sobresaliente, la afición se comportó como una fiesta y la imagen del país anfitrión salió reforzada. Los ciclistas entraron de uno en uno, en una carrera emocionante hasta el último metro, y Van der Poel perdió una oportunidad de oro de colgarse su segundo arcoíris.
En casa, en cambio, quedó el sabor agridulce: ver la prueba por internet porque las cadenas generalistas priorizaron el deporte menor. No es un problema de cobertura, es un problema de consideración. El ciclismo, según la afición más quemada, es el Gran Hermano del deporte: lo ponen cuando no hay otra cosa.
Kuss, Valverde y la manía de fabricar Induráins
Hay un dato que resume mejor que ningún otro la temporada: Sepp Kuss corrió las tres grandes, en plan Marino Lejarreta. Decimotercero en el Giro, decimotercero en el Tour y quinto en la Vuelta. Y en todas, trabajando para otro. No está nada mal para un corredor que suele aparecer en las quinielas como gregario de lujo.
Ese comportamiento contrasta con la gestión que España hace de sus talentos. El caso Valverde es el manual: el empeño de su equipo en convertirlo en vueltómano le costó, muy probablemente, un palmarés más amplio en clásicas y algún maillot verde. Cuando aparece alguien con chispa, aquí se le exige el Tour.
Con todo, la temporada deja una conclusión incómoda: los presupuestos se disparan, las protestas reordenan el calendario y el nivel deportivo se concentra en media docena de nombres. Si el flujo de dinero no se frena, el World Tour acabará pareciendo una liga cerrada de dos o tres súper-equipos contra el resto. No apostaría a que eso ocurra antes de 2030. Tampoco a lo contrario.