Prometieron irse de España y siguen aquí
Hay una estampa que se repite cada vez que el PSOE toca poder: la del votante que anuncia a bombo y platillo que hace las maletas, que se larga a Polonia, a Australia o a cualquier paraíso sin cupones ni colas del paro, y que a la mañana siguiente sigue en el mismo bar con el mismo café torrefacto. La última hornada de promesas de
emigración política se abrió con un mensaje que ya avisaba del tono: «siempre se van los mejores», decía, medio en broma medio en serio, y a partir de ahí el personal se dedicó a lo de siempre, a esperar a ver quién cumple la palabra.
El resultado, según los participantes, es el esperado. Nadie se ha ido. O casi nadie. Y los que se fueron, si se fueron, no volvieron a contarlo.
Quién se va de España cuando gana la izquierda
El retrato del supuesto exiliado económico que dibuja la conversación no tiene nada que ver con el relato épico. Según los propios mensajes, se trata de «muertos de hambre sin idiomas ni formación» o de «millonarios hijos de papá», dos categorías que comparten un problema común: ni unos tienen visa de trabajo ni los otros tienen motivos reales para renunciar a la sanidad pública y al piso pagado. La pulla más repetida apunta al bolsillo: «no tenéis dinero ni para comprar el billete de avión», se llega a decir, y ahí se acaba el sueño australiano.
El perfil que sí emigra, según otro mensaje, es el contrario al que promete hacerlo: «cada año más de 20.000 asquerosos fascistas VOXianos y PePerianos de alto poder adquisitivo abandonan España», sostiene un participante, que a continuación enumera las supuestas ventajas del destino: viviendas 2,5 veces más grandes que la media española y un SMI de 2.200 euros. La cifra de 20.000 no se acompaña de fuente, así que tómese como lo que es: una estimación de barra de bar con ínfulas de estadística.
El «me voy a Polonia» como género literario
La promesa de emigrar no es nueva. Un participante recuerda el caso de alguien que, tras una victoria electoral de la izquierda, preguntó en público si había algún país de derechas antiinmigración al que mudarse. La respuesta que recibió fue un clásico: si no quieren inmigrantes, no te van a querer a ti. El episodio, que el autor del mensaje dice haber capturado en pantalla, resume el género: gente que confunde el rechazo al otro con una invitación personal.
La conversación deriva pronto hacia el diagnóstico de fondo. Hay quien sostiene que la promesa de irse es una franquicia importada, una copia local de un discurso que en otros países ya lleva años funcionando: «que si cuckold, que si me voy a Polonia, indepentismo, Soros, mánginas, este país está acabado, conspiraciones cutres», enumera un mensaje. La respuesta no se hace esperar: los imitadores son otros. El intercambio de acusaciones de plagio ocupa varios tramos y no se resuelve.
Los que se quedan a remojar
Frente al que promete irse, aparece el que asume que no puede. «Yo estoy atado remando aquí hasta que llegue a mi jubilación», escribe un participante, que a continuación describe el escenario que cree que le espera: un país con «moronegrada en aumento exponencial» y un sistema electoral que, a su juicio, está manipulado. La teoría de la manipulación —«se sigan contando los votos en INDRA»— se lanza sin prueba alguna y convive con la constatación de que, cuando no se manipularon los votos al Senado, el resultado fue una mayoría amplia para la derecha. La conclusión del propio mensaje es que el sistema funciona justo al revés de lo que denuncia.
Otros mensajes rebajan el tono épico y suben el tono práctico. La idea de que la gente emigra por lo que votan otras provincias aparece en varias intervenciones, y ahí se abre la única grieta interesante del asunto: la tensión entre el voto individual y el resultado colectivo. Si tu provincia vota una cosa y el país vota otra, ¿te vas o te aguantas? La respuesta mayoritaria en la conversación es que te aguantas, y que el que se va no suele ser el que más protesta, sino el que tiene algo que ganar fuera.
El marcador de los que se fueron y no volvieron
La lista de bajas es corta y simbólica. Un participante recuerda a un antiguo contertulio que se hizo militante de VOX convencido de que iba a ganar «el oro y el moro», y que acabó desapareciendo del mapa cuando los resultados no acompañaron. El mensaje, que incluye una pulla personal hacia una dirigente del partido, sirve de epitafio: el que se fue no se fue a Australia, se fue a la nada.
El balance de los años de promesas migratorias es el que se ve: cero maletas, varios cambios de nick y una cantidad indeterminada de mensajes celebrando la victoria del rival de turno. La conversación, que arrancó con un «id saludando y largaos sin prisa pero sin pausa», termina con un «y sigue el cabrón 2 años después del último mensaje». La profecía se cumplió al revés.
¿Cuántos de los que prometieron irse siguen aquí? La pregunta no tiene respuesta, pero el silencio de los que se fueron —y la insistencia de los que se quedaron— dice bastante.