Pagar 2 euros por un trayecto que no compensa: la cuenta de BlaBlaCar
Un conductor publica un viaje Castellón-Madrid con parada en Valencia. Una pasajera le pide que la deje en Aldaia y le ofrece una «gratificación» por el desvío. Él acepta y le indica que reserve el trayecto completo, Castellón-Madrid, que está anunciado por
22 euros. Ella reserva otra cosa: Castellón-Valencia. Esa reserva deja
2 euros al conductor y 1 a la plataforma. El conductor cancela. «Por 2 euros paso de parar ni entrar a ciudades», resume. Para este conductor, la escena retrata dónde está BlaBlaCar: una app donde el precio del trayecto y el coste real de mover el coche viven en planetas distintos.
¿Cuánto deja realmente una reserva de BlaBlaCar al conductor?
La brecha es difícil de exagerar. Un trayecto largo Castellón-Madrid se anuncia a 22 euros; un salto corto hasta Valencia deja 2 euros al conductor y 1 de comisión a la plataforma. Con esas cifras, cualquier desvío urbano se come el ingreso antes de encender el motor. El umbral que declara este conductor lo deja claro:
por debajo de 20 euros, no le compensa mover el coche y aguantar a un desconocido.
Hay quien añade el coste de mantener el vehículo para remachar el argumento. Reparar el aire acondicionado de un coche con
360.000 kilómetros se va a unos 3.000 euros, según el relato de un conductor que lo descarta por antieconómico. Cuando compartir viaje deja de pagar ni la gasolina, para quien conduce la conversación se vuelve otra cosa: no es ahorro.
Sobre esa base se entiende el resto. En el relato, quien conduce cancela la reserva que no le cubre el trayecto, y la cancelación se vive como un abuso por la otra parte: ahí arranca la fricción.
El juego de las comisiones: cancelar para repartirse el margen
Entre los episodios que circulan hay uno especialmente revelador. Una conductora, según el relato recogido,
proponía cancelar el viaje para «repartirse la comisión» con los pasajeros, de modo que cada uno pagara tres euros de más al margen de la plataforma. El truco consiste en sacar el intercambio del sistema para quedarse el porcentaje que la app retiene.
El caso apunta a lo fino de los márgenes. Según un conductor del hilo, la plataforma abona una suerte de
subvención por transporte sostenible en algunos trayectos, un ingreso extra que suma al ajustar si el viaje le renta o no.
El regateo y las condiciones que nadie quiere firmar
Publicar un viaje abre la veda. Quien pone el trayecto describe una
maraña de peticiones: rebajar el precio, cambiar el punto de recogida, mover el de llegada, ampliar el equipaje a última hora. El pulso se traslada después al coche, con reservas para terceros —cónyuges, familiares— cuyos datos nadie conoce hasta el último momento y que luego aparecen con una maleta más grande de lo pactado.
A eso se suma la desconfianza mutua. Hay conductores que exigen identificar cada maleta delante de testigos antes de arrancar, y otros que rechazan el encargo de transportar bultos ajenos aunque les paguen en efectivo por encima de la reserva. En un intercambio sin garantías, la precaución sustituye a la confianza y el viaje empieza ya tenso.
¿Hacia dónde va el modelo tras las ayudas al transporte público?
El contexto no ayuda. Con el repliegue de las ayudas al transporte público, hay quien anticipa un
resurgir de este tipo de aplicaciones: más demanda, más gente buscando hueco y, previsiblemente, la misma pelea por precios que no cubren costes. Quien usa la app por necesidad, y no por ahorro, es quien menos margen tiene para negociar.
La paradoja final la resumen los propios trayectos. Un asiento corto deja 2 euros; uno largo, 22. Y aun así hay quien sostiene que se ha ido de puente gratis con lo cobrado por llevar gente. Con estas cifras, el desvío urbano que abrió la historia no es un caso raro: es la cuenta que nunca sale.