Psicofármacos a las tantas: la crisis que se ventila en internet
Un mensaje de nueve palabras basta para abrir una crisis delante de desconocidos. Alguien escribe que está pensando en quitarse la vida. Lo que viene después no es un protocolo de urgencia: es una cadena de bromas, pullas y derivas que acaba hablando de viagra, de cócteles de pastillas y de un padre de 82 años. En todo el tramo visible no aparece una sola recomendación de acudir a urgencias.
Qué relata quien abre el mensaje
El texto inicial no incluye un plan ni una fecha. Dice algo más incómodo: que
ya no perdió el aprecio a la vida y que la vive «catatónico». Es decir, no formula un plan, pero sí menciona pensamientos de suicidio y una vida suspendida. La reacción inmediata de los demás es la sospecha: ¿otra vez?, ¿qué te has tomado esta noche? El arranque se convierte así en un interrogatorio sobre sustancias antes que en una conversación sobre salud mental.
Tres psicofármacos en una sola toma y un despertar extraño
El dato concreto que aparece es una mezcla:
20 mg de olanzapina, 15 mg de aripiprazol y 4 mg de rivotril en una única toma. El relato añade que, al empezar a encontrarse mal, se tumbó y despertó en el salón, sentado en el suelo y con los brazos rígidos. Es un testimonio único, imposible de verificar desde fuera, y lleva una advertencia implícita: el propio autor apunta que «de tanto antidepresivos, antipsicóticos y ansiolíticos» su cuerpo ya no responde igual. Se le atribuyen
33 años.
De la recomendación literaria al insulto
Entre las respuestas hay consejos que suenan a despiste: leer a un autor ruso, leer a Durkheim —su clásico sobre el suicidio— y poco más. A partir de ahí la conversación se despeña. Aparecen quedadas en la plaza de Sol de Madrid, alusiones sexuales, burlas sobre el peso y una pregunta que nadie responde: ¿esto es una crisis o es un espectáculo?
Qué dice esto del desahogo en internet
Un espacio sin moderación no distingue entre el dolor real y la provocación, y casi nunca elige bien. La mezcla de confesión y bravuconería que domina este caso —quien dice estar pensando en quitarse la vida y quien le sigue la corriente con bromas— produce lo mismo que un
botellón emocional: ruido, un rato de entretenimiento y cero derivación profesional.
Con estos mimbres, lo previsible es que el patrón se repita: mensajes que abren una grieta y respuestas que la tapan con chistes. Solo un cambio de moderación o la llegada de alguien con criterio rompería la inercia. Ninguna de las dos cosas está garantizada.