Sandía agujereada: la factura que nadie quiere pagar
Un vídeo que circula desde hace días muestra a un niño haciendo agujeros en una sandía ya cortada. La madre responde al vendedor con un «no es nada». El vendedor le exige que la compre. Ella dice no. En ese minuto de conversación cabe todo el debate jurídico sobre quién responde por los daños que causan los menores en un establecimiento.
La respuesta, en derecho español, no es tan simple como el «no es nada» de la madre. Si un menor destroza un producto, la responsabilidad civil recae sobre los progenitores en función de la edad y del grado de discernimiento del niño. El comerciante no puede obligar a comprar el artículo dañado, pero sí reclamar el importe del perjuicio. Lo que el vídeo muestra es la tensión entre la reacción emocional y la norma.
La frase «las sandías las carga el Diablo», que acompaña al vídeo en su propagación, condensa la fatalidad cómica del asunto. En las redes, la escena ha generado todo tipo de reacciones: hay quien opina que la madre debería asumir el coste por una cuestión de responsabilidad educativa, y quien considera que el comercio debe asumir cierto riesgo por tener productos al alcance de los niños. También aflora la vieja tendencia de preguntar por la raza del niño cada vez que un menor se comporta mal, un reflejo que dice más del comentarista que del vídeo.
El fondo es una paradoja clásica del consumo: nadie quiere pagar por lo que no ha comprado, pero todos esperan que el responsable asuma su parte. El vídeo no se encuentra ya fácilmente en la red, lo que añade un punto de misterio y más de un comentario irónico. Nadie sabe cuánto costaba esa sandía, pero el debate que ha abierto vale más que el melón de otra época.