Había oído hablar de la serie The Boys desde hacía tiempo, pero no ha sido hasta hace poco cuando me he detenido a ver algunos fragmentos. Especialmente me ha llamado la atención uno de sus personajes más destacados, Homelander, cuyo nombre podría traducirse como «Patriota» y que constituye, a mi juicio, el verdadero protagonista de la serie.
Al parecer, estos superhéroes fueron creados mediante experimentos de laboratorio. La premisa recuerda a esa historia tantas veces contada de quienes fabrican un monstruo que, una vez adquiere autonomía propia, escapa al control de sus creadores. El problema es que, en este caso, no estamos ante una criatura torpe o irracional, sino ante un individuo dotado de una inteligencia considerable y de unos poderes que lo sitúan muy por encima del resto de los seres humanos.
Para crear a estos individuos, la organización responsable tuvo que recurrir a experimentos con personas reales, sometiéndolas a pruebas y procedimientos dolorosos. Sin embargo, hay una escena que me ha perturbado especialmente. Me refiero a aquella en la que Homelander decide visitar el laboratorio donde fue sometido a las pruebas y los experimentos que lo convirtieron en el ser extraordinariamente poderoso que es ahora.
La secuencia tiene algo de Saw, aunque con una diferencia fundamental: aquí no hay escapatoria posible. El espectador asiste a una situación en la que los personajes saben que están en peligro, intuyen lo que va a suceder y, sin embargo, son incapaces de hacer absolutamente nada para evitarlo. Es una sensación parecida a la de encontrarse en una balsa que desciende lentamente por un río hacia una catarata: sabes que el desenlace será fatal, pero no puedes cambiar el rumbo.
En la escena se mezclan el humor […], el gore y una atmósfera sórdida y opresiva. Lo más inquietante no es únicamente la violencia, sino la naturalidad con la que Homelander la ejerce. El tipo se presenta en el laboratorio con una tarta de regalo y una sonrisa encantadora, anunciando que se trata de una visita de cortesía y que únicamente ha venido a saludar. Todo parece indicar que estamos ante un encuentro cordial, casi festivo. Pero esa reaccionarioda de amabilidad es precisamente lo que hace que la situación resulte tan perturbadora.
En una primera instancia, Homelander mata al responsable del laboratorio, quemándolo vivo en un horno de fundición. Lo hace ante la mirada impotente de los demás trabajadores, que contemplan cómo aquel hombre es abrasado sin que ninguno pueda intervenir. La escena resulta brutal, pero lo verdaderamente aterrador es la tranquilidad con la que Homelander ejecuta su venganza, como si estuviera realizando una tarea rutinaria.
A continuación, dirige su atención hacia el segundo responsable, un hombre al que acusa de haberse burlado de él en el pasado, cuando lo vio en la habitación donde permanecía encerrado durante su infancia.
Homelander decide humillarlo delante de todos sus compañeros y lo obliga a una situación degradante mientras los demás contemplan la escena. Después de recrearse en su vergüenza, lo amenaza con dispararle un rayo láser si no consigue lo que le pide.
La situación tiene algo de macabro juego psicológico. El espectador comprende que Homelander no está interesado en darle una oportunidad de salvarse: lo que pretende es prolongar su sufrimiento, divertirse con su miedo y demostrar que tiene un control absoluto sobre la vida de los demás. La amenaza es, en realidad, una sentencia de gloria disfrazada de juego cruel.
Finalmente, el hombre no consigue lo que Homelander le exige. Homelander lo tranquiliza con una aparente amabilidad, diciéndole que no pasa nada, que esté tranquilo. Cuando parece que la tensión ha terminado, dispara de pronto su rayo láser contra la entrepierna de su víctima. El hombre queda mortalmente herido y acaba muriendo desangrado, mientras Homelander se ríe de lo sucedido.
Los científicos están aterrorizados. Son alrededor de diez personas y todos comprenden que pueden correr la misma suerte. Sin embargo, pese al pavor que acaban de presenciar, todavía albergan una última esperanza: que Homelander haya satisfecho su sed de venganza y decida marcharse sin hacerles daño.
Esa esperanza es también la que, en cierto modo, experimenta el espectador. Uno contempla a Homelander con una mezcla de fascinación y temor, sin saber cuál será su siguiente movimiento. Su comportamiento combina los buenos modales, las bromas y una sonrisa casi infantil con una crueldad despiadada. Es precisamente esa imprevisibilidad lo que convierte al personaje en alguien tan inquietante. No necesita gritar ni perder los nervios para resultar aterrador. Puede estar bromeando tranquilamente y, un segundo después, cometer una atrocidad.
Pero la pesadilla no ha terminado. Homelander acaba con el resto del equipo, convirtiendo el laboratorio en una carnicería. La sala queda cubierta de sangre y de restos humanos. La venganza ha alcanzado su punto culminante y parece que nadie va a salir con vida de aquel lugar.
Nadie, excepto Bárbara, una mujer mayor que también formaba parte del equipo.
Hay quien podría interpretar que Homelander la deja con vida porque siente cierto afecto por ella o porque existe algún vínculo especial entre ambos. Sin embargo, yo no lo veo así. A mi juicio, la explicación encaja mucho mejor con uno de los rasgos fundamentales de su personalidad: su narcisismo.
Homelander no solo necesita sentirse superior a los demás; también necesita que los demás reconozcan esa superioridad. Quiere ser admirado, temido y, sobre todo, recordado. Por eso, dejar viva a Bárbara puede interpretarse como una forma de asegurarse de que alguien sobreviva para contar lo ocurrido y dar testimonio de su poder.
No le basta con haber vencido. Necesita que su victoria sea conocida.
Y ahí reside, en mi opinión, una de las claves del personaje. Homelander posee un poder prácticamente ilimitado, pero sigue necesitando algo tan humano como el reconocimiento ajeno. Puede cancelar a quien quiera, destruir cuanto se interponga en su camino y aterrorizar a cualquiera que ose desafiarlo. Sin embargo, no parece capaz de prescindir de la mirada de los demás.
Esa es la gran paradoja de Homelander: un ser que está por encima de casi todos en fuerza y poder, pero que continúa dependiendo psicológicamente de los demás para alimentar su ego.
Y quizá sea precisamente eso lo que lo hace tan aterrador. No estamos ante un monstruo que mata por necesidad, ni siquiera ante alguien que actúa únicamente movido por la ira. Estamos ante un individuo que puede convertir el sufrimiento ajeno en un espectáculo y que, además, disfruta haciéndolo.
Cuando el poder absoluto cae en manos de alguien así, el problema deja de ser cómo detenerlo. La verdadera pregunta es si queda alguien capaz de hacerlo antes de que sea demasiado tarde.
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Ya dije que la serie me parece una auténtica obra de arte, pero dentro de lo bueno está lo mejor, y es el papel del actor neozelandés Antony Starr, quien encarna como nadie el papel de villano.
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Al parecer, estos superhéroes fueron creados mediante experimentos de laboratorio. La premisa recuerda a esa historia tantas veces contada de quienes fabrican un monstruo que, una vez adquiere autonomía propia, escapa al control de sus creadores. El problema es que, en este caso, no estamos ante una criatura torpe o irracional, sino ante un individuo dotado de una inteligencia considerable y de unos poderes que lo sitúan muy por encima del resto de los seres humanos.
Para crear a estos individuos, la organización responsable tuvo que recurrir a experimentos con personas reales, sometiéndolas a pruebas y procedimientos dolorosos. Sin embargo, hay una escena que me ha perturbado especialmente. Me refiero a aquella en la que Homelander decide visitar el laboratorio donde fue sometido a las pruebas y los experimentos que lo convirtieron en el ser extraordinariamente poderoso que es ahora.
La secuencia tiene algo de Saw, aunque con una diferencia fundamental: aquí no hay escapatoria posible. El espectador asiste a una situación en la que los personajes saben que están en peligro, intuyen lo que va a suceder y, sin embargo, son incapaces de hacer absolutamente nada para evitarlo. Es una sensación parecida a la de encontrarse en una balsa que desciende lentamente por un río hacia una catarata: sabes que el desenlace será fatal, pero no puedes cambiar el rumbo.
En la escena se mezclan el humor […], el gore y una atmósfera sórdida y opresiva. Lo más inquietante no es únicamente la violencia, sino la naturalidad con la que Homelander la ejerce. El tipo se presenta en el laboratorio con una tarta de regalo y una sonrisa encantadora, anunciando que se trata de una visita de cortesía y que únicamente ha venido a saludar. Todo parece indicar que estamos ante un encuentro cordial, casi festivo. Pero esa reaccionarioda de amabilidad es precisamente lo que hace que la situación resulte tan perturbadora.
En una primera instancia, Homelander mata al responsable del laboratorio, quemándolo vivo en un horno de fundición. Lo hace ante la mirada impotente de los demás trabajadores, que contemplan cómo aquel hombre es abrasado sin que ninguno pueda intervenir. La escena resulta brutal, pero lo verdaderamente aterrador es la tranquilidad con la que Homelander ejecuta su venganza, como si estuviera realizando una tarea rutinaria.
A continuación, dirige su atención hacia el segundo responsable, un hombre al que acusa de haberse burlado de él en el pasado, cuando lo vio en la habitación donde permanecía encerrado durante su infancia.
Homelander decide humillarlo delante de todos sus compañeros y lo obliga a una situación degradante mientras los demás contemplan la escena. Después de recrearse en su vergüenza, lo amenaza con dispararle un rayo láser si no consigue lo que le pide.
La situación tiene algo de macabro juego psicológico. El espectador comprende que Homelander no está interesado en darle una oportunidad de salvarse: lo que pretende es prolongar su sufrimiento, divertirse con su miedo y demostrar que tiene un control absoluto sobre la vida de los demás. La amenaza es, en realidad, una sentencia de gloria disfrazada de juego cruel.
Finalmente, el hombre no consigue lo que Homelander le exige. Homelander lo tranquiliza con una aparente amabilidad, diciéndole que no pasa nada, que esté tranquilo. Cuando parece que la tensión ha terminado, dispara de pronto su rayo láser contra la entrepierna de su víctima. El hombre queda mortalmente herido y acaba muriendo desangrado, mientras Homelander se ríe de lo sucedido.
Los científicos están aterrorizados. Son alrededor de diez personas y todos comprenden que pueden correr la misma suerte. Sin embargo, pese al pavor que acaban de presenciar, todavía albergan una última esperanza: que Homelander haya satisfecho su sed de venganza y decida marcharse sin hacerles daño.
Esa esperanza es también la que, en cierto modo, experimenta el espectador. Uno contempla a Homelander con una mezcla de fascinación y temor, sin saber cuál será su siguiente movimiento. Su comportamiento combina los buenos modales, las bromas y una sonrisa casi infantil con una crueldad despiadada. Es precisamente esa imprevisibilidad lo que convierte al personaje en alguien tan inquietante. No necesita gritar ni perder los nervios para resultar aterrador. Puede estar bromeando tranquilamente y, un segundo después, cometer una atrocidad.
Pero la pesadilla no ha terminado. Homelander acaba con el resto del equipo, convirtiendo el laboratorio en una carnicería. La sala queda cubierta de sangre y de restos humanos. La venganza ha alcanzado su punto culminante y parece que nadie va a salir con vida de aquel lugar.
Nadie, excepto Bárbara, una mujer mayor que también formaba parte del equipo.
Hay quien podría interpretar que Homelander la deja con vida porque siente cierto afecto por ella o porque existe algún vínculo especial entre ambos. Sin embargo, yo no lo veo así. A mi juicio, la explicación encaja mucho mejor con uno de los rasgos fundamentales de su personalidad: su narcisismo.
Homelander no solo necesita sentirse superior a los demás; también necesita que los demás reconozcan esa superioridad. Quiere ser admirado, temido y, sobre todo, recordado. Por eso, dejar viva a Bárbara puede interpretarse como una forma de asegurarse de que alguien sobreviva para contar lo ocurrido y dar testimonio de su poder.
No le basta con haber vencido. Necesita que su victoria sea conocida.
Y ahí reside, en mi opinión, una de las claves del personaje. Homelander posee un poder prácticamente ilimitado, pero sigue necesitando algo tan humano como el reconocimiento ajeno. Puede cancelar a quien quiera, destruir cuanto se interponga en su camino y aterrorizar a cualquiera que ose desafiarlo. Sin embargo, no parece capaz de prescindir de la mirada de los demás.
Esa es la gran paradoja de Homelander: un ser que está por encima de casi todos en fuerza y poder, pero que continúa dependiendo psicológicamente de los demás para alimentar su ego.
Y quizá sea precisamente eso lo que lo hace tan aterrador. No estamos ante un monstruo que mata por necesidad, ni siquiera ante alguien que actúa únicamente movido por la ira. Estamos ante un individuo que puede convertir el sufrimiento ajeno en un espectáculo y que, además, disfruta haciéndolo.
Cuando el poder absoluto cae en manos de alguien así, el problema deja de ser cómo detenerlo. La verdadera pregunta es si queda alguien capaz de hacerlo antes de que sea demasiado tarde.
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Ya dije que la serie me parece una auténtica obra de arte, pero dentro de lo bueno está lo mejor, y es el papel del actor neozelandés Antony Starr, quien encarna como nadie el papel de villano.
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