Hosteleros asturianos no encuentran camareros: el sueldo que no se dice
Un hostelero asturiano pone un anuncio para contratar camareros. Nadie se presenta a la entrevista. La queja se repite en el sector: «la gente ya no quiere trabajar». Pero en el otro lado de la barra, los datos dibujan otra realidad. Mientras una caña en el centro de Lugo cuesta 3,50 euros y el agua 2,80, los salarios ofertados rondan los 1.150 euros por 50 horas semanales. La diferencia con el Ingreso Mínimo Vital (IMV) –unos 1.300 euros en ciertos casos– se ha reducido hasta hacer que trabajar apenas compense para muchos.
El salario real que nadie publica
Las ofertas de empleo en hostelería asturiana suelen omitir las condiciones económicas. Cuando se concretan, aparecen cifras como 1.150 euros netos por jornadas de 50 horas, con un solo día de libranza. «Si pagaran 2.000 euros limpios por 40 horas, encontrarían gente», resume una opinión recurrente. El problema no es la falta de mano de obra, sino la brecha entre lo que se paga y lo que se exige. Quienes llevan años en el sector recuerdan que antes, cuando un bar necesitaba personal, se ofrecía mejor sueldo que el de la competencia. «Vas al bar de al lado y les ofreces más; así se ha hecho siempre», explica un empresario con experiencia familiar en el gremio.
La comparación con el IMV es inevitable. Quienes prefieren no trabajar argumentan que, con 1.300 euros de prestación sin desgaste físico ni horarios partidos, la diferencia económica es casi nula. «Si voy a ser pobre, me quedo en casa», se lee en alguna opinión. El debate trasciende la pereza: es un cálculo racional de coste-beneficio.
El cliente paga más y el camarero cobra igual que hace 30 años
Mientras los costes de consumo se disparan –una caña a 3,50 euros, el agua a 2,80–, los salarios en hostelería se han estancado. «Los sueldos siguen siendo los mismos que hace más de 30 años», denuncian algunos trabajadores. La inflación se traslada al precio del producto, pero no al sueldo del empleado. El margen del negocio se lo come el alquiler del local (el rentismo, como apuntan varios análisis) y la subida de la energía, mientras el camarero sigue con el mismo poder adquisitivo menguante.
Además, la cualificación se ha devaluado. La diferencia salarial entre un peón y un encargado se ha reducido tanto que «nadie quiere llevarse un problema a casa». Asumir responsabilidad por unos cientos de euros más no compensa el estrés. El resultado es una fuga de talento hacia otros sectores o hacia el autoempleo.
El futuro: automatización o mejora de condiciones
Ante la falta de personal, se dibujan tres escenarios: que los dueños trabajen más horas y reduzcan aforo; que mejoren las condiciones laborales y las publiquen con transparencia; o que automaticen el servicio con robots –una opción que ya se prueba en algunos países, pero que en España aún es marginal. «En el futuro será la norma», vaticinan los más tecnófilos.
Mientras tanto, una corriente de opinión sostiene que el problema es sistémico. «Llevamos 30 años cociéndonos a fuego lento hacia la pauperización», escribe alguien que teme que los bares acaben siendo un lujo de clases altas. El dato que descoloca es que, aunque la demanda de ocio sigue alta –gente con dinero dispuesta a gastar–, la oferta de trabajadores para servirles se ha evaporado. No por falta de gente, sino porque el precio de servir ya no se paga.
En Asturias, el eslogan «no hay camareros» esconde un problema de matemáticas básicas: cuando el salario neto se acerca a la prestación social, el mercado laboral deja de funcionar. Quienes lloran por falta de candidatos deberían mirar antes la letra pequeña de sus ofertas.