EE.UU. ataca Irán y el estrecho de Ormuz sigue cerrado
El planteamiento es tan simple como incómodo: según el relato que domina este debate,
Estados Unidos ha lanzado un gran ataque contra Irán y, a la hora de cerrar esta discusión, el resultado no es la rendición del adversario sino un estrecho de Ormuz bloqueado, la economía global en vilo y una superpotencia que no sabe cómo salir del embrollo. La tesis que recorre el asunto desde el primer mensaje es que Washington ha vaciado su cargador contra un enemigo que guardaba lo importante bajo tierra.
La referencia que abre el asunto es un enlace a
El Mundo y una petición de auxilio: el presidente estadounidense pide ayuda. A partir de ahí, el hilo se convierte en un ajuste de cuentas con el relato oficial del bombardeo quirúrgico.
Qué ha pasado con el ataque de EE.UU. a Irán
La versión que domina el análisis sostiene que los misiles, los drones y las lanzaderas iraníes están en túneles, a salvo de los bombardeos. Si eso es cierto, la campaña aérea no ha tocado el músculo que importa.
La mitad de los aviones derribados y varios buques alcanzados, según el relato que circula, dibujan un escenario muy distinto al de la victoria limpia.
El argumento central es de manual: para que un bloqueo marítimo funcione hace falta mantener la propia industria y los centros de poder a salvo. Sin esa seguridad, es cuestión de tiempo que el bloqueado salte por los aires. La pregunta que se hace una parte del análisis es qué hará Irán en la economía post-petróleo, con vecinos que llevan años diversificando e Israel con siglos de ventaja en tecnología.
El estrecho de Ormuz y el coste para Europa
Irán no necesita ganar ninguna batalla. Le basta con lanzar un par de misiles al día para mantener la economía global en el barro, alejar a los portaaviones y arrastrar por el suelo la imagen de superpotencia. Es la asimetría clásica: el que bloquea gasta poco, el que quiere desbloquear gasta todo.
El daño colateral recae sobre los aliados.
El litro a dos euros es la cifra que se repite, con la advertencia de que pueden ser tres y ver el sistema productivo europeo colapsar en días. La economía europea no está adaptada a cualquier crisis: tiene deuda, márgenes estrechos y una dependencia energética que no se arregla con comunicados.
China, el doble juego y el petróleo
Una corriente del análisis señala a China como la gran beneficiaria. Mientras se presenta como abanderada de la paz en los foros internacionales, seguiría ayudando a Irán de tapadillo y comprando petróleo con su propia moneda. La pregunta que se lanza es incómoda: ¿está Pekín por la paz o por la guerra? Porque hacer las dos cosas a la vez tiene un límite.
La respuesta desde el otro lado es más pragmática: China no es España. A un tercer país no se le dice con quién puede comerciar, y menos si compra petróleo y no armas. El embargo afecta al comercio con Estados Unidos, no al resto del planeta. Cualquier intento de presionar a Pekín se topa con una realidad incómoda: represalias en cualquier embajada, en cualquier país de medio pelo.
Invasión terrestre: el escenario que nadie quiere
Si el arsenal iraní sigue intacto bajo tierra y el estrecho no se puede reabrir desde el aire, la lógica empuja hacia una invasión terrestre. El problema es la escala: haría falta un esfuerzo muy superior al de Irak y Afganistán, dos operaciones que ya dejaron a Estados Unidos exhausto.
Multiplicar Afganistán por cien es la imagen que se usa para describir el atolladero.
Mientras tanto, la guerra no es popular en casa. No hay vídeos hollywoodienses de los bombardeos, y una parte del análisis lo atribuye a que el conflicto no se vende como propio. Se argumenta que responde a intereses ajenos y que la población estadounidense empieza a ver que hace el trabajo sucio a otros.
El fondo del asunto: quién paga la factura
Irán tiene 90 millones de habitantes, siglos de historia y una capacidad de aguante que no se mide en PIB trimestral. Ha resistido a árabes, turcos y mongoles. La pregunta es si resistirá también esto, y a qué precio. La apuesta de una parte del análisis es que sí, aunque sea con hambre y miseria.
La otra lectura es que el régimen se juega su supervivencia y que la economía post-petróleo no perdona. Los vecinos del Golfo ya se pusieron a ello hace tiempo. En el futuro de Irán, si los ayatolás permiten pensar a su población, solo hay dos caminos: reconversión o colapso.
Lo que queda claro es que la factura no la paga solo Teherán. La paga Europa con cada barril, la paga el consumidor con cada repostaje y la paga Washington con cada día que pasa sin poder declarar victoria. La predicción, con todas las reservas, es que esto no se resuelve en los próximos meses.