Caza de subsistencia: 80 kilos de carne, según un cazador
Un corzo y un jabato. Dos piezas de caza mayor que, según el desglose de quien las abatió, rinden
en torno a 80 kilos de carne magra y completamente deshuesada: unos 50 del jabalí y entre 30 y 35 del corzo. El autor lo bautizó como «combo» y lo presentó como un excelente inicio de temporada. La respuesta llegó en dos direcciones opuestas —felicitaciones, recetas y algún cálculo de nevera por un lado; acusaciones de matar por afición por otro— y dejó sobre la mesa una pregunta que no se resuelve con escopetas: por qué escandaliza menos un filete envasado que un animal abatido en el monte.
El procedimiento es el de siempre. Piezas cobradas en el monte y faenadas por el propio cazador, según su propio relato. La nómina de animales que dice haber cazado o faenado incluye jabalíes, corzos, venados, corderos, cabritos, cerdos criados en casa, conejos de monte y de corral, perdices y codornices. Sin intermediarios ni etiqueta. De ahí viene la mitad del ruido.
¿Cuántos días come una familia con un jabalí y un corzo?
Ochenta días. Ese es el número que sale del cálculo de quien abatió las piezas: 80 kilos netos, un kilo diario de carne y una familia tipo de cuatro miembros —pareja y dos hijos— con la proteína cubierta. El escenario que él mismo plantea es deliberadamente extremo, una hipotética situación de colapso social en la que la nevera depende de lo que uno sea capaz de cobrar y faenar. Como ejercicio aritmético, el resultado es difícil de discutir.
Y hay un elemento más que no suele entrar en la ecuación: la carne de caza no se come el mismo día. Sin análisis previo puede transmitir parasitosis, y el sabor de las piezas adultas o de los machos no castrados resulta desagradable, algo que también ocurre con el cordero viejo y el cerdo sin castrar. La caza de subsistencia exige análisis previo y tiempo. No es solo apuntar.
Caza de subsistencia frente a granja intensiva
Aquí está el eje del asunto. La defensa más repetida compara el destino de un animal salvaje con el de un cerdo estabulado en
dos metros cuadrados, engordado a pienso y sacrificado antes de cumplir el año. Bajo ese prisma, la caza sería el mal menor: un animal que vive libre hasta que un disparo lo tumba frente a otro que nunca conoció otra cosa que una nave.
La contrarréplica tiene dos versiones. La primera es la del propio autor del hilo: quien no consume ningún producto animal tiene autoridad para rechazar la caza. La segunda, más incómoda, es la del consumidor que critica el disparo mientras llena el carro de bandejas de origen industrial. Esa contradicción es la que más ampollas levanta entre quienes defienden la actividad.
Qué rifle y qué calibre se usan en una batida
La elección del arma depende del terreno. Para batida, donde rara vez se dispara a más de 200 metros, este cazador prefiere el proyectil lento y pesado, el cañón corto y las miras sin aumento. La combinación que defiende como más cómoda es un palanquero
Marlin 1895 Trapper en 45-70 Government con una mira de punto rojo Truglo de 40 milímetros. Para rececho y aguardo de jabalí o corzo, en cambio, considera el
.308 una excelente opción. La escopeta con bala queda descartada.
El detalle técnico se cruza con el ético en un punto muy concreto: la colocación del tiro. Frontal, en el corzo; lateral, en el jabato, en el planteamiento del propio autor del hilo. Y la duda de si un disparo a
150 metros a un animal que va a la carrera es puntería o suerte. La respuesta de quien lo hizo es tajante: un bicho en movimiento no es un plato y el monte no es una galería de tiro.
Jabalíes en los contenedores: cuando la fauna entra en el pueblo
El flanco donde la caza se defiende mejor no es la ética, es la gestión. Según un participante, en zonas como Collserola los jabalíes bajan al núcleo urbano a buscar comida en los contenedores, y una hembra con piara detrás puede embestir a quien se cruce. En ese contexto, el control de poblaciones deja de ser una afición y pasa a ser un servicio.
Con los corzos ocurre lo contrario, según este mismo cazador. Rehuyen el contacto humano y parecen menos de los que son. Sin depredadores naturales —los lobos escasean— se han multiplicado sin control. La especie que más se ve no es la que más abunda.
Y el dato que descoloca: mientras se discute sobre jabalíes, los conejos de monte no levantan cabeza. En las zonas donde se hacen sueltas, con refugios, comederos y vacunas, la especie sigue sin cuajar ni con temporadas de descanso cinegético. Hay animales que sobran y animales que se apagan, y la escopeta no explica ni lo uno ni lo otro.