44 años de 'El gran héroe americano', la serie de los dos canales
Se cumplen
44 años del estreno de
El gran héroe americano, la serie del hombre que se encontraba un traje, perdía el manual de instrucciones y aprendía a volar a base de golpes. La efeméride ha reabierto la caja de los recuerdos de una generación que no solo veía esa serie: veía una televisión que ya no existe.
Dos cadenas de televisión, sin mando a distancia, con una parrilla que medio país compartía a la misma hora. La paradoja es que la sintonía se recuerda mejor que los capítulos: hay quien reconoce al protagonista y tararea el tema sin haber visto un solo episodio.
El manual perdido: por qué todos recuerdan ese detalle
De todos los capítulos, hay uno que se repite en la memoria colectiva. Al protagonista le dan un nuevo manual de instrucciones y empieza a jugar con sus nuevos poderes: en un descuido empequeñece a alguien, lo pierde y no sabe deshacer el entuerto. Ese detalle, aparentemente banal, quedó clavado en el subconsciente de
una generación entera de niños. No es la única huella: el protagonista había aparecido en
Carrie como el falso novio, un cameo que agrandaba el mito para quien lo descubría años después.
Dos canales, sin mando y con el telediario como frontera
La televisión de entonces no se parecía en nada a la de ahora. La primera cadena
no empezaba hasta las dos de la tarde, con el telediario regional. No hubo televisión matinal hasta enero de 1986, y era a base de culebrones y repeticiones de programas de días antes. La programación matinal en directo no llegó hasta abril de 1987.
Para cambiar de canal había que levantarse del sofá y pulsar unos botones que, al entrar uno, sacaban el otro. El mando a distancia, decía la broma de la época, era
el hijo. Se cambiaba de «V» a «U» con una ruleta de sintonía que había que ajustar cada vez. Con ese panorama, que la serie fuera un éxito casi resultaba inevitable: era eso o apagar el aparato.
No había nada más que ver. Y eso, sostienen algunos, también era una forma de calidad.
De Sandokan a Mazinger Z: el catálogo que crió a una generación
El capítulo de la nostalgia televisiva no se agota en una serie. La lista es larga:
Los Siete de Blake,
Mazinger Z y su Afrodita A,
Sandokan,
Starman,
Otherworld y sus pirámides,
Crónicas de un pueblo,
La escoba espacial,
Alf,
El trueno azul y
El Halcón callejero. También asoman las series que llegaban del otro lado del Telón de Acero —checoslovacas y polacas—, de las que más de uno aprendió que
koniec significa «fin» en polaco.
Y quedan las primeras telenovelas latinoamericanas,
Cristal y
Rubí, que enganchaban a la hora de comer sin que casi nadie lo admitiera en público. Poca cosa para el estándar actual, donde hay docenas de canales y plataformas y, aun así, una sensación compartida: la de que no hay nada que ver.
Colombo, Robert Culp y las series que sí envejecen bien
No todo era producto de usar y tirar. Entre las recuperaciones que vuelven cada pocos años está
Colombo, cuyas primeras temporadas se siguen revisionando porque, sencillamente, ya no se hacen con ese oficio. En uno de esos pases aparece el agente federal Maxwell, interpretado por
Robert Culp, con una intervención estelar que hoy se celebraría casi como acontecimiento.
La serie es tan vieja como la nostalgia, pero envejece distinto: el guion aguanta, el truco de la trama aguanta y el espectador no siente que le tomen el pelo. Eso, en la parrilla de hoy, es casi un lujo.
La nostalgia como arma política
Como casi todo en este país, el recuerdo de los dos canales deriva pronto hacia el juicio del presente. Una parte de los mensajes sostiene que aquella televisión era mejor porque había menos donde elegir y más cultura compartida; a lo que se responde que era peor por lo mismo, que lo que había era poco y que el mérito era de la escasez, no de la calidad.
Hay quien enmarca la discusión en algo más grande: la sensación de que el mercado se ha concentrado y de que el cine francés e italiano, la música y las series británicas de antaño han perdido peso frente a unos pocos grandes actores. La lista de añoranzas no es solo televisiva. Y luego está el clásico: aquella España de dos canales, recreada ahora con más idealización que memoria.
¿Volvería alguien de verdad a esa parrilla de dos cadenas, o lo que añoramos es no tener que decidir? Lo dejo ahí.