El 'I+D rumano' que solo era un concurso viral de bofetadas
Un vídeo llegado de Rumanía —dos personas abofeteándose a mano abierta ante un público— circula rebautizado con retranca como «I+D rumano». La etiqueta es un chiste, sí. Pero deja una segunda lectura incómoda: en la economía de la atención, lo que se comparte y se monetiza no es la innovación, sino el golpe. Cuanto más crudo el impacto, más clics.
La escena se presenta como competición. Sin reglas claras, sin premio más allá de la viralidad. El mecanismo no es nuevo, pero el marco sí: alguien decidió compararlo con la investigación y el desarrollo de un país. Y esa comparación, por absurda, toca un nervio.
El espectáculo como industria
Un vídeo de impacto no compite con un laboratorio por presupuesto: compite por segundos de atención, y gana casi siempre. El contenido de shock es materia prima barata: se graba en minutos, se distribuye gratis y se rentabiliza en visualizaciones. La pregunta interesante no es de qué país viene, sino por qué funciona igual en todas partes.
Hay quien defiende que este tipo de espectáculo es entretenimiento sin consecuencias. Frente a eso pesa un argumento de fondo: cuando la degradación se convierte en formato rentable, el mercado termina premiando lo que degrada.
Por qué la broma del 'I+D' molesta
El chiste funciona porque roza algo real. Cuando una economía no destaca por su inversión en ciencia y tecnología, el titular que más se recuerda acaba siendo el del vídeo absurdo. La sátira no apunta tanto al país del que llega el material como a la manía de medir el valor de una sociedad por lo que enseña en pantalla y no por lo que investiga.
¿Cuánto de lo que llamamos economía depende ya no de lo que fabricamos, sino de lo que conseguimos que alguien mire?