Interesante también su "última sarracena".
Aunque era ateo, defendía y daba mucha importancia a la religión, pragmatismo.
Dijo: "La razón no puede estar sola; el hábito bruto y el juego ciego están en la base del arte y la sarracena, y a menos que se mantengan vivos los impulsos y las fantasías irracionales, la vida de la razón se viene abajo por pura vaciedad."
Daniel Cory, su secretario y albacea, dio a conocer las circunstancias de los últimos días de Santayana en su libro
Santayana: The Later Years. A Portrait with Letters (1963). Cuenta Cory que sólo hacia el final de su vida, en la primavera de 1951, se planteó Santayana el lugar y el modo de su entierro. Desechó ser incinerado porque no lo veía ni católico ni natural, tampoco deseaba que sus restos fuesen enviados a Estados Unidos. Cuando Cory propuso que fuera enterrado en el cementerio protestante de Roma, Santayana respondió que «No lo verían bien mis amigos católicos y, aunque siempre he estimado a Shelley y a Keats, no quiero estar permanentemente cerca de ellos»; de modo que Cory se quedó con la impresión de que su deseo sería ser enterrado en un cementerio católico pero en la zona no consagrada.
Santayana murió el 26 de septiembre de 1952. Las agencias de noticias se hicieron eco del fallecimiento, pero a Cory le preocupaba más cómo y dónde enterrar a Santayana que responder a sus llamadas. Carecía de instrucciones escritas que apoyaran la petición de ser enterrado en una parte «neutral» de un cementerio católico. Puesto al habla con el encargado del cementerio romano de Campo Verano, le dijeron que ya no había ninguna zona no consagrada y que, en cualquier caso, se utilizaba en su momento para suicidas y cuerpos sin identificar. Hay que imaginarse la desesperación de Cory. Pensó enterrarlo en el cementerio protestante, aunque fuera temporalmente.
En ese momento intervinieron las autoridades españolas. Esgrimieron que Santayana era español y que no había dejado instrucciones escritas, de modo que era su deber hacerse cargo del cuerpo y que era un orgullo para ellos darle sepultura en el panteón español. Acordaron, por un lado que, de acuerdo a los deseos de Santayana, no hubiera ceremonia religiosa y, por otro, que Cory no dijera a la prensa la hora de la ceremonia.
El entierro fue el martes 30 de septiembre de 1952. Estuvieron presentes el primer vicesecretario de la Embajada de España ante la Santa Sede, entonces Emilio Garrigues Díaz-Cañabate, el Vicecónsul, Robert Schneider y su mujer, George Salerno, y Daniel Cory y su mujer, Margot. Era un día gris y con viento, sobre la tumba había varias coronas. Antes de depositar el féretro en el interior del panteón, Cory pidió permiso para leer el ahora famoso poema de Santayana
The Poet’s Testament. Al finalizar todos volvieron a Roma. Se da la circunstancia de que Emilio Garrigues, incluyó su traducción del poema —una auténtica primicia porque en inglés no vería la luz hasta el año siguiente— en el artículo que escribió para
Ínsula, en noviembre de 1952 bajo el título «La gloria de Santayana».
Hay que recordar que en el panteón encuentran reposo los españoles que mueren en Roma sin familia, como fue el caso de Jorge Santayana. Desde que él fuera enterrado allí, fueron numerosas las visitas, de modo que la obra pía española en Roma, dependiente de la Embajada de España ante la Santa Sede, construyó el mausoleo que se inauguríó en 1957.
Tras el ya famoso desvanecimiento que Santayana sufrió en los últimos escalones del Consulado español de la Via Campo Marzio, cuando el 4 de junio de 1952 acababa de renovar su pasaporte, Santayana no perdió su sentido del humor. A los pocos días le decía a Daniel Cory que el personal del consulado había sido muy amable y que no le había cobrado el taxi de vuelta, acaso porque «creo que apreciaron que yo había hecho ese último esfuerzo para confirmar mi nacionalidad», y añade: «Quizá hubiera sido una buena manera de morir, pero parece que de nuevo estoy en vías de recuperación».
Una semana antes de su gloria, Cory encontró a Santayana despierto y sin dolor, y con cosas importantes que decirle: «Está, por un lado, el mundo natural, que puede ser parcialmente descrito por la ciencia con sus métodos para la observación controlada. Pero también está el otro mundo —el mosaico de la imaginación—, en el cual yo al menos me siento más cómodo. Lo que es importante recordar, sin embargo, es no
ahogarse en ninguno de los dos mundos. Ambos son esenciales para una filosofía
digna de su nombre».
Y continuó diciendo, muy despacio, como si pesara cada frase, observa Cory: «Ten siempre en cuenta que mi naturalismo no excluye la religión; por el contrario, la toma en consideración. Quiero decir que la religión es la reacción inevitable de la imaginación cuando se enfrenta a las dificultades de un mundo hostil. Normalmente es local, siempre es mítica, y es
sarracena verdadera. La gente realmente cree en sus mitos nativos».