Hernand llama pacifista a la izquierda abertzale y estalla el relato
Una presentadora de televisión pública afirma en antena que «hay mucha tergiversación con ETA» y que «la izquierda abertzale vasca era pacifista». La frase, reproducida en redes junto a una retahíla de intervenciones previas de la misma figura, abre una discusión que va mucho más allá del personaje: la de quién tiene derecho a reescribir lo que ocurrió en el País Vasco durante tres décadas y por qué ese reescribir tiene premio institucional.
El asunto no es menor.
Inés Hernand no es una tertuliana cualquiera: es presentadora en la televisión pública y, según los mensajes que circulan, ha sido reconocida por el
8M por la Comunidad de Madrid y el Ministerio de Igualdad. Quien la coloca ahí no improvisa. Y quien la escucha, tampoco.
Qué dijo exactamente y por qué escuece
La declaración que enciende todo es literal: «Hay mucha tergiversación con ETA. La izquierda abertzale vasca era pacifista». No es una frase suelta en un podcast marginal. Se atribuye a una figura con altavoz público y con respaldo institucional reciente.
Lo que molesta no es solo la afirmación, sino el marco. Durante años, el bloque político que hoy sostiene al Gobierno ha ido normalizando la idea de que el conflicto vasco fue una suerte de disputa simétrica. Esa tesis, según quienes vivieron aquellos años, choca con un dato tozudo: la izquierda abertzale no condenó la violencia de ETA hasta que ETA dejó de existir.
«No vivió el País Vasco de los 80 y 90»
El argumento más repetido entre quienes conocieron aquella época es el de la experiencia directa. Hay quien recuerda haber crecido en Bilbao entre manifestaciones semanales de la izquierda abertzale y sostiene que
toda la izquierda abertzale justificaba la violencia, no solo los comandos. La distinción entre brazo político y brazo armado, dicen, es un invento posterior.
La estructura organizativa que citan es concreta:
KAS, la coordinadora abertzale socialista, agrupaba a HB, LAB y media docena de micropartidos junto a ETA. No era una relación clandestina. Estaba pintada en las paredes de los barrios.
El relato de la época incluye también el llamado terrorismo de baja intensidad: coacciones, acoso a vecinos, expulsión social de quien no pensaba como el bloque. Un participante lo resume con una frase que no admite matices: los de baja intensidad coaccionaban y los de alta intensidad ponían una bomba lapa en el coche.
El cálculo electoral detrás del blanqueo
La hipótesis que más recorrido tiene en la discusión no es cultural, es aritmética. El Ejecutivo necesita los diputados de Bildu para sostener la legislatura. Y sabe que ese apoyo pasa factura en el resto de España. De ahí, sostienen, la maquinaria mediática afinando el relato: no es la primera vez que una figura televisiva suelta una pieza de este tipo, y no será la última.
El problema de fondo es que ese cálculo tiene coste. Cada vez que alguien con micrófono público suaviza el pasado, una parte del país siente que se le está pidiendo olvidar. Y el olvido, en política, rara vez es gratis.
Lo que no se discute: los muertos
En los años más duros, la cifra que se maneja en la conversación es de
150 muertos al año. No es una cifra retórica. Es el suelo sobre el que se construyó una sociedad con miedo, con escoltas y con silencios.
Frente a eso, el argumento de que la izquierda abertzale era pacifista se sostiene mal. Puede discutirse si el Estado respondió bien, si el GAL fue un error o si Francia miró a otro lado durante demasiado tiempo. Lo que no admite discusión, según quienes lo vivieron, es que el bloque abertzale no fue pacifista. Fue parte del conflicto.
La discusión se atasca exactamente ahí: en si una sociedad puede reescribir su propio pasado cuando le conviene electoralmente, o si hay cosas que no admiten lavado de cara. Con los diputados de Bildu en la ecuación, la respuesta no la va a dar un presentador de televisión.