Irene Montero denuncia amenazas del grupo 764: la política del odio se vuelve contra ella
La eurodiputada de Podemos ha solicitado protección a Marlaska tras recibir amenazas de muerte de una organización que el FBI cataloga como terrorista. El grupo, conocido como 764, es una red nihilista que opera en los márgenes de internet y ha sido vinculada a la radicalización de menores. Pero la noticia, lejos de generar solidaridad, ha reabierto el debate sobre la hipocresía de quienes construyen su carrera política a base de demonizar al adversario.
El grupo 764: ¿amenaza real o herramienta de control?
El FBI emitió una alerta dirigida a padres y educadores advirtiendo sobre "extremistas violentos nihilistas" que contactan con jóvenes con problemas psicológicos para enviarlos a cometer actos violentos. El patrón descrito encaja con el modus operandi de ciertas operaciones psicológicas: identificar a sujetos vulnerables, instrumentalizarlos y luego presentarlos como una amenaza emergente que justifica más vigilancia estatal. Algunos analistas señalan que, aunque el peligro no es desdeñable, suele magnificarse para obtener presupuesto y herramientas de control ciudadano.
Las amenazas a Montero: ¿víctima o sembradora de odio?
Irene Montero ha recibido amenazas que incluyen su domicilio y la presencia de sus hijos menores. El delito es grave, y la denuncia debe investigarse. Sin embargo, el contexto es inevitable: Montero ha hecho del insulto y la confrontación su marca política. "Facha", "exterminio" y otras lindezas han sido parte de su repertorio habitual. Cuando se siembra viento, se recogen tempestades. La pregunta que muchos se hacen es si, ante esta situación, el Gobierno actuará con la misma diligencia que cuando las amenazas provienen de otros sectores.
El doble rasero de la izquierda mediática
La reacción de ciertos medios y políticos no se ha hecho esperar: piden protección policial y condenan las amenazas. Pero omiten que la propia Montero ha banalizado la violencia verbal contra sus adversarios. Este tipo de amnesia selectiva es el pan nuestro de cada día en una política española donde el fin parece justificar los medios. Mientras tanto, los verdaderos peligros –como el grupo 764, que opera en la sombra– quedan relegados a titulares de relleno.
La ironía es que la víctima de hoy no duda en erigirse en mártir, pero difícilmente encontrará empatía entre quienes han sido sus objetivos. El debate sobre los límites del lenguaje político queda, una vez más, sin resolver.
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