La ‘staycation’, el nuevo eufemismo para decir que no hay dinero
Agosto, termómetro rozando los 40, y el último grito en tendencias veraniegas es quedarse en casa. Lo llaman ‘staycation’, lo bendicen «los estudios» y lo presentan como una elección casi filosófica: los españoles prefieren disfrutar de las bondades de sus ciudades. La realidad que se cuela entre encuesta y encuesta es menos poética: la tarrina de helado a 4,20, la caña a 4 euros sin tapa, la noche de camping a 200 euros por cuatro metros de tierra. No es que hayan descubierto el placer del salón con aire acondicionado; es que el verano se ha puesto por las nubes mientras los sueldos siguen en el sótano.
La cuenta de la vieja: lo que cuesta no irse de vacaciones
Quien se queda también consume, y paga. Una cena fuera supera los 80 euros con un plato y una bebida; cuatro tarrinas de helado de dos bolas casi llegan a 17. Los hoteles, apunta el balance, han subido una media del 20% en un año. El diésel cotiza a 1,93 el litro. Y el camping de las zonas de playa andaluzas, esa alternativa low cost de toda la vida, pide 200 euros la noche por una parcela de 4 metros cuadrados. Con estos números, la decisión de quedarse en casa deja de ser una inclinación personal y se convierte en una operación aritmética. La staycation no es un lifestyle: es un balance.
Del postureo a la necesidad: dos corrientes frente a frente
En la conversación pública sobre la nueva austeridad veraniega conviven dos lecturas. La primera, la oficialista, presenta la renuncia al viaje como un triunfo de la sostenibilidad y la vida urbana: menos aglomeraciones, más consumo local, cultura de proximidad. La segunda, más a pie de calle, sostiene que empobrecimiento y renuncia van de la mano: si el superávit desaparece, las vacaciones son lo primero que se cae de la cesta. Hay quien añade un matiz: la presión de las redes sociales habría malacostumbrado a capas enteras a presumir de viajes que no pueden pagar, de modo que quedarse en casa de la abuela es también un antídoto contra el postureo de Instagram. El consenso, si existe, es inquietante: agosto, para muchos, ya no se elige.
El verano de los pueblos y la cuesta de septiembre
Un dato se repite: mucha gente no renuncia a vacaciones, sino a hoteles. Los pueblos de origen vuelven a llenarse en julio y agosto, a menudo en casa de padres o abuelos, y la saturación de servicios básicos se nota. Mientras tanto, las colas en Cruz Roja para recoger libros de texto se multiplican, y septiembre se perfila como una cuesta que ya no es solo escolar: billetes de libros, subida del diésel, créditos al consumo. Dos cuestas al año –enero y septiembre– con la última cargada de imprevistos. Para algunas familias, el verano no se disfruta: se gestiona.
El eufemismo como política
La ironía de fondo es la del lenguaje. Los neologismos –staycation, coliving y el workation que ya se anuncia en el horizonte– se encargan de vestir la miseria con ropa de tendencia. Hay quien lo llama Agenda 2030, hay quien señala al PSOE y hay quien lo resume con una palabra más vieja: ser pobre. El fondo del asunto no es si quedarse en casa es mejor o peor; es si alguien está contando a los ciudadanos la verdad sobre lo que pueden pagar. La rana se va cociendo a fuego lento: cuando el helado vale 4,20 y el sueldo no llega, no hacen falta encuestas para saber por dónde sopla el viento.