Stoltenberg avisa de malas noticias y el relato de la guerra cruje
El jefe de la OTAN,
Jens Stoltenberg, ha pedido prepararse para las malas noticias en Ucrania y ha descrito la situación de Kiev como
crítica, con un frente de batalla que podría empeorar. La cita, difundida en redes, no anuncia cambio de bando ni de armamento. Anuncia otra cosa: que quien financia la guerra empieza a verbalizar lo que el frente lleva meses diciendo. Ahí arranca la pelea de fondo, porque admitir malas noticias obliga a repartir responsabilidades. Ya casi nadie discute si Ucrania recuperará todo. Se discute quién se queda con la factura.
¿Qué significa que la OTAN hable de «malas noticias»?
La lectura más repetida es de manual de comunicación: la fase de aceptación. La tesis que circula sostiene que los grandes medios occidentales han pasado del triunfalismo a preparar a la opinión pública para un desenlace peor que el prometido, y que ese giro no responde a un vuelco militar repentino, sino a la constatación de que el apoyo sostenido tiene un techo. Hay quien va más lejos: este tipo de mensajes no se dirigen tanto al ciudadano europeo —al que la suerte de Ucrania le afecta poco en su vida diaria— como a justificar más gasto en
defensa. La lectura contraria es más prosaica. Reconocer el mal dato por anticipado es la forma barata de no tener que explicarlo después. En cualquier caso, la palabra clave del mensaje es
prepararse, no negociar.
¿Se puede recuperar el territorio perdido?
El pronóstico más difundido es que Ucrania
nunca recuperará lo que ha perdido y que todavía puede perder algo más. Sobre el mapa circulan dos versiones con ligeras variantes. La primera reparte el país por el Dniéper: al este, territorios que acabarían integrados en la federación rusa; al oeste, una Ucrania desmilitarizada de facto, sin armas de largo alcance y con una generación entera por delante para reponer tropa. La segunda es más conservadora y habla de armisticio con alto el fuego: Kiev no reconocería la anexión, pero tampoco la revertiría, y dedicaría los años siguientes a reconstruirse y a buscar acomodo en la Unión Europea y en la OTAN. Sobre el origen del conflicto tampoco hay acuerdo: hay quien sitúa el punto de partida en 2014 y quien recuerda que en abril de 2022 Ucrania propuso recuperar las fronteras de 1991, es decir, que siguió adelante después de una primera oportunidad de parar.
¿Es Rusia una potencia militar real?
Aquí el tono pesa tanto como el dato. Una corriente sostiene que Rusia está lejos de ser la potencia que se le supone: los carros modernos escasean, la flota ha encajado golpes que no debía y las imágenes de electrodomésticos saqueados se han usado como metáfora de un ejército con problemas logísticos. La respuesta a esa tesis es que la movilización funciona: el ejército ruso
ha aumentado en 400.000 efectivos en 2023, el presupuesto de defensa se ha disparado para 2024 y la industria trabaja a tope, sin paro. Dicho de otro modo: Rusia puede ser un desastre y a la vez un problema carísimo de resolver. Los dos relatos caben porque miden cosas distintas, la calidad de la fuerza y la capacidad de sostener el esfuerzo.
El ganador contable: Estados Unidos
Si se mira el balance y no el frente, el ganador más citado es
Estados Unidos. Su tesis: Washington se queda con los contratos de reconstrucción y el dinero prestado lo recupera vía deuda sobre generaciones de ucranianos, mientras dos países antes neutrales,
Finlandia y Suecia, entran en la OTAN en condiciones que limitan su voz. De paso, Europa queda más dependiente. La réplica es que esa cuenta también se lee al revés: el esfuerzo ha estirado la deuda y el gasto estadounidenses justo en año de elecciones, con la Cámara y parte del Senado en juego, y con mucho dinero del contribuyente cuyo rastro se pierde en Ucrania. La guerra larga no le sale gratis a nadie, tampoco al que factura.
Europa, la factura y el «camino alternativo»
El punto donde más análisis convergen es el diagnóstico sobre Europa. Una parte sostiene que Estados Unidos hace tiempo que es un lastre, que su deuda ya no le garantiza la sumisión de sus aliados y que la vuelta a un mundo de bloques obliga al continente a elegir entre ser colonia o buscarse un camino propio en energía y suministros. Hay quien defiende incluso que el negocio sensato es entenderse con Rusia —tiene energía, materias primas, alimentos y territorio— en lugar de tratarla como enemigo permanente de una alianza de la que la propia Rusia fue excluida. Frente a eso pesa la dependencia: buena parte de la energía europea viene de regímenes poco recomendables, así que el dilema moral no está tan claro. Y pesa otro argumento: romper con Washington tampoco es gratis.
¿Por qué no vuelan los aviones ni se mueven los portaaviones?
Una de las derivadas técnicas más repetidas es que la defensa antiaérea moderna ha igualado el terreno. Con sistemas capaces de saturar cualquier interceptación, ninguno de los dos bandos arriesga sus cazabombarderos, y los portaaviones estadounidenses, argumentan algunos, se quedan en casa porque su protección real es la disuasión y no su propia escolta. La objeción es evidente: nadie ha hundido un portaaviones desde la Segunda Guerra Mundial y la aviación de la OTAN no ha sido derrotada. Lo que sí se ha visto en Ucrania es que ningún sistema antiaéreo es invencible: los Patriot han sufrido bajas, el sistema alemán se ha comportado mejor y la defensa israelí ha sido penetrada. De ahí sale una conclusión incómoda: no hace falta hundir un portaaviones para que deje de ser una amenaza creíble.
Con este material, el escenario más probable es un armisticio con alto el fuego, sin reconocimiento de anexiones y con el mapa congelado donde está, aunque nadie apostaría a que se firme pronto ni a que se respete. Y un aviso para el contribuyente europeo: si de verdad se abre el camino alternativo a la órbita estadounidense, la factura energética y la de defensa llegarán a la vez.