Trabajo, idealismo y realidad: la polémica sobre el valor de currar
¿Es el trabajo la única vía para madurar y conectar con la realidad, o es una condena que solo beneficia a quien ya está arriba? La afirmación de que quien no trabaja es un idealista incompatible con la realidad ha desatado una tormenta de réplicas que mezclan experiencia personal, análisis de clase y mucha ironía. El punto de partida es una tesis rotunda: el trabajo es una inyección de realismo que los idealistas no pueden soportar, y el idealismo es la placenta de la holgazanería.
La respuesta no se hizo esperar. Varios mensajes señalaron que hay trabajadores con la cabeza llena de pájaros y personas sin empleo remunerado —estudiantes, jubilados, amas de casa— con los pies bien puestos en la tierra. La ecuación entre trabajo y madurez se tambalea cuando se mira de cerca.
El trabajo como castigo y no como virtud
Una de las corrientes más repetidas en la discusión sostiene que el trabajo, lejos de ser una escuela de realismo, es un castigo. Se recuerda que la palabra «trabajo» proviene del latín
tripalium, un instrumento de tortura de tres palos, y que los romanos distinguían entre
labor (fatiga),
officia (cargos),
opus (realización) y
negotium (actividad). El emperador no laboraba: operaba. La plebe, en cambio, sí.
De ahí se extrae una conclusión incómoda: el trabajo productivo y alienante se ha reservado históricamente para las castas inferiores, mientras las élites cultivaban el honor, el intelecto y la contemplación. La frase «nobleza obliga» se usa para recordar que el aristócrata no debía ser holgazán, pero su trabajo real era de un orden superior, no terrenal.
La crítica más afilada apunta a la variable de clase. Se argumenta que quien excluye el análisis de clase deja el razonamiento cojo: los que nunca han trabajado ni han querido hacerlo han sido las clases dominantes, que ven el mundo según ideas que convienen a sus intereses. Lo ridículo, se añade, es que las clases populares compren como propias las ideas de las dominantes y, además de estar en la rueda del ratón, se crean protagonistas.
¿Quién predica el trabajo y desde dónde lo predica?
El perfil de quien lanza la tesis se convirtió en munición para la réplica. Se señala que se trata de un catedrático de universidad, profesor desde hace más de tres décadas, que no ha descargado camiones frente a un patrón, ni ha estado en una oficina aguantando jefazos con complejo de inferioridad, ni en una obra congelándose en invierno o abrasándose en verano. Solo da clase. Y a veces ni eso, porque se encuentra el aula vacía.
El argumento se resume con crudeza: si no te haces compatible con la realidad y abandonas el idealismo cogiendo el remo, no le llega la paguita. Otro mensaje lo compara con un Jordan Peterson de hacendado que, en vez de apoyarse en Solzhenitsyn y Jung, gira alrededor de Cervantes. La etiqueta de «etiquetador social» también aparece: alguien que va por la vida colocando «ismos» sin verificar si el fenómeno encaja ni contrastar con datos duros.
Hay quien pide precisión terminológica. ¿Trabajar en el sentido de hacer cosas, ser vital y productivo, o trabajar en el sentido de descargar camiones con furia porcina? La diferencia cambia bastante la película. Y se pregunta qué es trabajar: ¿jugar al fútbol en primera? ¿ser pastor, pescador, agricultor? ¿limpiar culos en residencias? ¿presentar el telediario?
El trabajo como mentira y la sociedad del entretenimiento
Otra línea de análisis va más allá: el trabajo ya es una mentira porque la mitad de los trabajos lo son, simples ocupaciones fantasma para tener estabulada y entretenida a la sociedad. Nada más falso, se dice, que un trabajo de funcionario, de servicios, de gestión: se diluyen en la nada. El trabajo se describe como un concepto inferior, de bajos vuelos, y ordenar una sociedad en base a su idea equivale a hacerlo bajo la tiranía de la raza o de la energía.
Desde esta óptica, el sistema promueve una realización personal basada en el éxito económico y el estatus laboral que no nace del corazón ni del espíritu, sino de un diseño funcional: trabajar más para consumir más, y consumir más para sentir que se vale más. Los deseos auténticos se sustituyen por impulsos inducidos. El trabajo como fin en sí mismo se convierte en una forma de esclavitud refinada.
La comparación con el agricultor de Burundi y el suizo se usa para ilustrar la trampa: el primero trabaja más duro porque no tiene maquinaria eficiente, mientras el segundo dispone de equipos que valen medio millón de dólares. El esfuerzo no es proporcional al resultado, y la ecuación se rompe.
La cara personal: currículum, sueldos y salud mental
El debate baja al barro cuando se pregunta si currar seis meses al año para Hacienda es bueno para la salud mental. O cuando alguien pide imaginarse al defensor de la tesis asfaltando carreteras en agosto por 1.000 euros. Entonces veríamos quién es más realista y quién más idealista.
También hay quien recuerda que no todos los que no trabajan son unos privilegiados. Hay estudiantes, jubilados y amas de casa con la cabeza bien amueblada, y trabajadores con la cabeza llena de pajaritos. La ecuación trabajo-madurez no se sostiene sola.
La anécdota del dueño de una funeraria cierra el círculo: no entendía por qué la competencia tenía más clientes hasta que descubrió que la telefonista de la comarca desviaba las llamadas a la empresa de su marido. Inventó el automatismo para hacer llamadas sin necesidad de mujeres conectando clavijas. Si no fuera por él, millones de mujeres habrían pasado su vida sentadas en una silla como autómatas. Lo mismo que las cajeras de supermercado o de autopista.
El cierre no llega. La discusión sigue atrapada entre quienes ven el trabajo como una inyección de realidad y quienes lo ven como una condena disfrazada de virtud. Al final, la única conclusión firme es que nadie ha convencido a nadie. Como siempre.