Cuando la música era oficio: el contraste entre Cash y el pop actual
¿Se imaginan a un artista actual componiendo una canción la misma semana en que habló con el público y emitiéndola en directo? Johnny Cash lo hizo. En 1969, en su programa televisivo, Cash y Roy Orbison interpretaron “Oh, Pretty Woman” ante una audiencia que no sospechaba que estaban viendo uno de los últimos momentos de la música como artesanía. Cincuenta y cinco años después, la comparación con la producción actual es tan brutal que hasta los más optimistas se rinden: algo se ha roto en la cadena de valor.
Para entender el fenómeno hay que mirar la homogeneización. Los mismos ritmos, las mismas melodías y las mismas voces, ahora corregidas con autotune hasta hacerlas indistinguibles. “Hay que tener los oídos llenos de mierda para confundir las voces de Johnny Cash, Freddie Mercury o Sinatra”, ironiza una de las opiniones más duras del análisis. La tecnología, en lugar de ampliar la paleta expresiva, ha allanado el terreno. Un vistazo a las listas de éxitos actuales muestra a decenas de artistas que suenan igual, con la misma producción digital y el mismo fraseo. La diversidad, ese concepto que la industria enarbola en sus comunicados, ha muerto en el mainstream. Es un dato objetivo, no una opinión.
El autotune como gran igualador
El autotune no es sólo una herramienta de corrección; es el instrumento que ha uniformado la voz humana. Afinar la nota ya no es habilidad, es un ajuste de parámetros. Los artistas actuales no necesitan tener una voz perfecta porque el estudio la perfecciona. Resultado: voces que suenan como clones, sin imperfecciones, sin carácter. El contraste con una voz como la de Cash, que emergía con una textura inconfundible, es la prueba de que la técnica no lo es todo. Y no hablamos de gustos: la capacidad de distinguir una voz de otra se ha perdido.
El dato que resume la caída
Un dato que circula en ciertos análisis: en 1976, el grupo progresivo Yes llenó un estadio de la NFL con 100.000 espectadores. Hoy, esos mismos grupos tocan en salas pequeñas. La industria ha cambiado de modelo: antes la música era un producto artesanal que se vendía por méritos; ahora es un activo financiero diseñado para consumo rápido. Los sellos buscan canciones de dos minutos y medio con ganchos, no artistas con trayectoria. El resultado es una generación de músicos sin rostro, sin actitud, sin oficio.
Quizá la solución sea que los próximos éxitos los componga una IA y se ahorren hasta el autotune. Así, al menos, el cinismo será honesto.