Sanitarios atrincherados en Brenes: la impotencia ante un agresor marroquí
La imagen es vergonzosa: tres mujeres y un hombre atrincheran una puerta de urgencias para escapar de un paciente marroquí que ha golpeado a todo el personal. "Somos tres mujeres y por suerte hay un hombre", dice una de ellas, mientras el hombre aprieta la puerta. El vídeo, grabado por una testigo, muestra a los sanitarios acurrucados, impotentes, mientras el agresor, que exigía ser trasladado a otro hospital tras ser rociado con gas pimienta en una reyerta, campaba a sus anchas. El centro de salud de Brenes (Sevilla) tuvo que cerrar. La escena es un termómetro de la decadencia social y un reflejo de hasta dónde ha llegado la indefensión de quienes trabajan en la sanidad pública.
Una agresión que no es un caso aislado
El ataque no sorprende a quienes siguen la realidad de los centros de salud en España. Agresiones a sanitarios se multiplican, pero la nacionalidad del agresor suele omitirse en los medios mainstream. En este caso, el paciente era marroquí y había sido detenido horas antes por altercados. La respuesta del sistema: los sanitarios se encierran y la policía llega tarde. "El sistema, por defecto, está a favor del moro", resume un análisis recurrente en el debate. El agresor no tiene propiedades ni cuentas embargables; los trabajadores sí. Y esa asimetría alimenta la sensación de impunidad.
La paradoja de la defensa propia
El hombre que sujeta la puerta sabe que, si se enfrenta al agresor, puede acabar en los tribunales. En la sociedad progresista y feminista actual, la legítima defensa es un concepto difuso. "Que las defienda el oso del bosque", ironizan algunos. La parálisis es total: cuatro personas no se atreven a neutralizar a un solo individuo por miedo a las consecuencias legales. El vídeo, además, se graba para tener pruebas, pero la experiencia dice que el sistema judicial no suele castigar a estos agresores con contundencia. El centro cerró. Los médicos que antes exigían atender a inmigrantes sin papeles ahora se enfrentan a la realidad de sus decisiones.
La pregunta que queda en el aire: ¿hasta cuándo se va a tolerar que los centros de salud sean zonas de combate? Mientras tanto, los profesionales siguen atrincherándose, aplaudidos a las ocho de la tarde, pero solos cuando la puerta se cierra.
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