Boicot en redes: 700.000 turistas y 1.000 millones en juego
¿Cuánto perdería España si los turistas marroquíes dejaran de cruzar el Estrecho? La pregunta dejó de ser retórica desde que una campaña en redes sociales —con llamadas a boicotear productos españoles y a acabar con el turismo en España— se instaló en la conversación pública. La respuesta incómoda es que nadie tiene la cifra exacta: lo que circula son estimaciones de parte, no estadísticas oficiales contrastadas.
Sobre la mesa hay dos cantidades que se repiten. Una: alrededor de 700.000 visitantes marroquíes de clase media y alta, con un desembolso conjunto próximo a los 1.000 millones de euros, concentrado sobre todo en Andalucía. Otra: que ese impacto apenas representa medio punto porcentual del PIB andaluz. Con la primera cifra, el boicot es una amenaza seria. Con la segunda, es una anécdota.
Cuánto pesa de verdad el turista marroquí en Andalucía
El cálculo del 0,5% del PIB andaluz se ha convertido en el gran atajo de la polémica: si el volumen es tan pequeño, se argumenta, la economía regional lo absorbe y ya vendrán otros visitantes. La contrarréplica es de sentido común empresarial y no necesita macroeconomía. Un porcentaje agregado no consuela al hotelero de la costa que pierde a sus clientes de agosto. Los datos que le importan a un negocio concreto no se miden en puntos de PIB, se miden en habitaciones vacías.
Conviene una precisión que se pierde entre el ruido: no todo ese flujo es turismo de hotel. Una parte relevante de los marroquíes que cruzan lo hacen para visitar a familiares y duermen en casas particulares. Eso reduce el gasto medio por persona y, a la vez, lo hace menos sensible a las campañas y más sensible al precio del ferri.
El perfil del visitante: cuántos marroquíes ganan más de 1.500 euros
La cosa se enreda cuando alguien intenta sostener el perfil «clase media-alta» de esos 700.000 viajeros. Una consulta a una herramienta de inteligencia artificial devolvió que no llegan a 200.000 las personas que superan los 1.500 euros mensuales en Marruecos. Si ese umbral fuera cierto, no salen las cuentas: no puede haber más visitantes con capacidad de pagar hotel que población con ingresos suficientes para hacerlo.
La objeción inmediata es que un dato sacado de un chatbot vale lo que vale, y que el volumen de gasto marroquí en España crece año tras año según las series que se citan. Al mismo tiempo, hay quien sospecha que la estimación se ha inflado para dar peso al titular. Mientras no exista un desglose público de flujos y gasto por nacionalidad, las dos versiones caben en los hechos. Ese es el problema.
Bots, cronología y quién mueve la campaña
La segunda línea de análisis no mira al turista, mira a las cuentas. Se sostiene que buena parte de los perfiles que empujan la etiqueta son de creación reciente, coincidiendo con la crisis fronteriza de Ceuta, y que la operación encajaría en una estrategia de propaganda: señalar un enemigo exterior y desviar la atención de tensiones internas. Es una hipótesis plausible y, a día de hoy, no verificada. Nadie ha demostrado la financiación ni el origen institucional de la campaña, y atribuirla sin pruebas al aparato estatal de un país vecino es un ejercicio de fe, no de periodismo.
El argumento que relativiza todo lo anterior es más simple todavía: montar un boicot en redes cuesta cero. No hace falta un plan de Estado para que una etiqueta prenda durante 48 horas.
Marcas, coches y el boicot de vuelta
La parte más tangible del asunto es comercial. La propuesta que circula es confeccionar listas de marcas que fabrican en Marruecos y devolver el boicot desde el lado español. El automóvil es el punto donde los intereses cruzados se vuelven más difíciles de desenredar: hay componentes y vehículos que cruzan el Estrecho en ambos sentidos y cadenas de distribución con capital extranjero en medio. Boicotear con bisturí es bastante más complicado que boicotear con un hashtag, y la trazabilidad de qué se fabrica dónde no es pública para la mayoría de productos.
Curiosidad arqueológica: hace tres décadas ya había carteles en árabe en las autovías del Levante español. No eran para el turista marroquí, eran para los marroquíes residentes en Francia que atravesaban España en coche hasta Algeciras. La relación entre los dos países lleva mucho tiempo siendo un flujo bidireccional y familiar, no un pulso de titulares.
Queda el detalle final. La campaña pide el fin del turismo en España y, de momento, los vuelos siguen saliendo. Si alguien consigue convencer a 700.000 personas de renunciar a sus vacaciones por una etiqueta, que avise: la estadística todavía no se lo cree.