¿Negocio redondo o burbuja verde? El pistacho dispara los ingresos de un agricultor de 40.000 a 650.000 euros
¿Es el pistacho el nuevo oro verde? Un agricultor, Juan José, ha declarado que pasó de ganar 40.000 euros anuales con cereal y olivo a facturar 650.000 gracias al pistacho. La cifra, difundida en medios, ha reabierto el debate sobre la rentabilidad real de este cultivo que se ha extendido como una mancha por el secano español, desde Castilla-La Mancha hasta Murcia.
El caso parece un manual de éxito agropecuario: 160 hectáreas de pistacheros que, según el propio interesado, le han permitido multiplicar sus ingresos por 16. Pero quienes conocen el sector agrícola reciben la noticia con más escepticismo que entusiasmo. La primera objeción son los plazos. El pistacho es un árbol de crecimiento lento: las primeras cosechas significativas no llegan hasta el séptimo u octavo año, y la plena producción se alcanza entre los 15 y 20 años. "Mi pueblo manchego está petado de pistacho y no da tanto dinero", apunta una voz cercana al terreno. "Hay que esperar 8 años como con los olivos". La pregunta es inevitable: ¿cuánto de esos 650.000 euros corresponde aún a subvenciones?
Subvenciones: el motor (y el talón de Aquiles)
La sombra de las ayudas públicas lo cubre todo. Un análisis recurrente sostiene que el pistacho, como antes el girasol en los años 90, se está beneficiando de un fuerte respaldo de la PAC. "Normal que se pete porque ahora está subvencionadísimo", resumen los críticos. El precedente del girasol es aleccionador: cuando la UE recortó las ayudas en 1994 hasta eliminarlas en 2000, las plantaciones desaparecieron. La misma historia podría repetirse si el mercado se satura y Bruselas cambia el rumbo de las subvenciones. "En cuanto el precio caiga, se buscarán otra subvención europea para arrancar las explotaciones y volver a plantar lo que toque", ironizan los más escépticos.
¿Burbuja del pistacho?
El ritmo de plantación es vertiginoso: miles de hectáreas en los últimos años, especialmente en el arco mediterráneo. Cuando toda esa superficie entre en producción, el efecto sobre los precios podría ser brutal. "El precio bajará al infierno", vaticinan unos. "Si se sube todo el mundo al carro, bajarán los precios disparando la oferta", coinciden otros. La analogía con el aguacate o el mango es recurrente: cultivos que prometían rentabilidades extraordinarias y acabaron en sobreproducción y márgenes reducidos.
Pero el pistacho tiene una ventaja sobre otras fiebres agrícolas: ha generado una pequeña industria local. Hay cooperativas que tuestan, calibran y envasan, distribuyendo en tiendas de cercanía. También se ha creado un negocio paralelo de venta e injertado de esquejes que, según testigos, "está ganando dinero a espuertas". Mientras, el chocolate Dubai —ese fenómeno que disparó la demanda de pistacho— parece estar perdiendo fuelle.
La otra cara: reinversión y trabajo
Hay quien minimiza el impacto real. Unos ingresos de 650.000 euros sobre 160 hectáreas no son para tirar cohetes si se descuenta la inversión inicial y la reinversión constante. "No hace más que reinvertir todo lo que gana en plantar más de lo mismo, lo cual es contraproducente para él", apunta un análisis. Además, el cultivo exige procesado rápido para evitar aflatoxinas, lo que obliga a construir plantas de secado si no hay cerca. Las 140 hectáreas multiplicadas por 6.000 euros/hectárea darían 840.000 euros brutos, según otro cálculo, lo que situaría la cifra en un rango verosímil, pero no exento de riesgos.
Conclusión: éxito real o burbuja en ciernes
Es indudable que el pistacho ha supuesto un revulsivo para muchas explotaciones de secano que languidecían con cereales y olivar. Pero el cuento de hadas tiene fecha de caducidad: la saturación del mercado, el recorte de subvenciones o una plaga pueden torcer el camino. De momento, los viveros e injertadores son los únicos que se forran sin riesgo. "La historia de nunca acabar", resumen los veteranos del campo español. Que un agricultor pase de 40.000 a 650.000 euros es noticia. Que eso ocurra en un sector acostumbrado a socializar pérdidas y privatizar ganancias, también. Al tiempo.