Soto Ivars: el analista que leyó la carta y el lío de medirlo
Cuando Pedro Sánchez publicó su carta tras cinco días de reflexión, la mayoría de las redacciones la leyó como un gesto humano, casi una confesión. Una lectura a contracorriente sostuvo otra cosa: que aquello no era una carta de amor, sino el anuncio de una guerra. Contra los críticos, contra los jueces, contra la policía, contra la prensa. La firma era de Juan Soto Ivars. Tiempo después, hay quien sostiene que el auto del juez Pedraz vino a darle la razón en varios frentes. Para sus defensores es la prueba. Para sus críticos, un acierto que hay que medir como se miden todos: con fecha, con margen y con la corrección posterior.
Es la pregunta que planea bajo un titular rotundo: «Juan Soto Ivars es el mejor analista de España». Bajo esa etiqueta late algo más interesante que una fanboyada. Late la pregunta de cómo se mide a un analista en un país donde el análisis político se ha convertido en deporte de masas.
El método: no investiga, lee incentivos
Nadie discute que su fuerte no es el dato primario. No mueve fuentes propias ni sumarios. Lo suyo es otra cosa: leer lenguaje, gestos e incentivos. Detectar la narrativa antes de que aterrice. Alguien lo define con precisión: entiende bien cómo funcionan las personas y sus intereses, y por eso acierta donde tertulianos con mejores fuentes no ven nada.
Ese método tiene un límite obvio: el riesgo de convertir cada acierto en profecía total. Un detector de narrativa no es un oráculo. Si acierta, hay que decir cuándo lo dijo, con qué margen y si luego corrigió cuando el viento cambió. El desglose completo, acierto a acierto, arroja un balance bastante más matizado que el de las dos trincheras. Nadie corrige nada, y eso no sale en los vídeos.
Del referéndum al auto de Pedraz
Su tesis estrella: la única salida que le queda a Sánchez es convocar una consulta sobre el modelo de Estado y encadenar un proceso constituyente. Nada de dimitir. Ragebait republicano para encender al personal, ganar tiempo y, si gana, no cumplir. Quienes defienden esa lectura subrayan que ya la sostiene más gente y que actos como el del Ateneo apuntan en la misma dirección. Enfrente, el argumento de que no hay votos para tocar la Constitución y que ese camino estaría fuera de la ley.
En el otro platillo, el analista estrella del aparato. Un vendedor de crecepelo al que se le atribuye saber por dónde vienen los tiros y no ver llegar el gol: la sorpresa con la caída de un expresidente en plató y un pronóstico tan optimista como improbable, el de ver a una dirigente concreta como primera presidenta. Dos expertos en predecir. Uno acierta y el otro cobra.
¿Pogre, ex-pogre o veleta?
Aquí se libra la pelea de identidad. Él mismo reconoció haber votado al PSOE. Salió del redil, dicen unos, porque no es simple y hay cosas que obligan a decir basta. Otros replican que es un pogre de manual reciclado en voz de la sensatez, y que vive demasiado bien del relato que denuncia: le interesa que el sanchismo siga. Una tercera tribu, la más dura, lo despacha como moderado de reaccionarioda, uno más de los que salen en televisión.
Lo curioso es que ninguna etiqueta mueve el dato central. Lleva años poniendo encima de la mesa debates impopulares —el de las denuncias falsas es el más citado— hasta convertirlos en conversación pública. Eso se le reconoce incluso desde el que le detesta.
Por qué no sale en la tele (ni falta)
Su ecosistema son YouTube y las colaboraciones a contrapelo del relato de las grandes cadenas. Fuera de ese carril hay toda una nómina de periodistas de investigación que tiran del hilo con fuentes propias. Conviene no confundir oficios: el que documenta y el que interpreta no hacen lo mismo. El notario y el vidente. El error de fábrica del género es vender al segundo como si fuera el primero.
A la hora de cerrar, el nombre que encabeza el asunto sigue dividiendo. Unos lo ponen en el Olimpo. Otros prefieren a Fabián C. Barrio, a quien reprochan barroquismo, o a un tal Coto, mencionado medio en broma. La pregunta real nunca fue quién analiza mejor. Fue por qué necesitamos creer que alguien predice el futuro.