Los 7 hijos de Marx: cuatro muertes tempranas y dos suicidios
Karl Marx no inventó el socialismo, pero su biografía familiar se ha convertido en el argumento más repetido contra su legado. Tuvo siete hijos con Jenny von Westphalen entre 1844 y 1857. Cuatro murieron antes de llegar a la edad adulta. Y de los tres que sobrevivieron, dos se quitaron la vida. La versión que atribuye esas muertes al hambre no se sostiene en las referencias biográficas que se manejan: lo que aparece son enfermedades infecciosas comunes en la época, tuberculosis incluida, en un contexto de pobreza severa.
Los siete hijos de Karl Marx y Jenny von Westphalen
Los nacimientos se suceden a lo largo de trece años y siete partos. Casi todos los nombres repiten el de la madre, Jenny, o sus variantes.
- Jenny Caroline (1844–1883)
- Jenny Laura (1845–1911)
- Edgar (1847–1855)
- Henry Edward Guy «Guido» (1849–1850)
- Jenny Eveline Frances «Franziska» (1851–1852)
- Jenny Julia Eleanor (1855–1898)
- Un bebé sin nombre, nacido y muerto en julio de 1857
Solo tres alcanzaron la edad adulta. Guido y Franziska no llegaron a los dos años. Edgar murió con ocho. El último bebé no sobrevivió al parto. Las tres hijas mayores sí crecieron, y ninguna tuvo un final tranquilo: Jenny Caroline falleció en 1883 por complicaciones tras un parto; Laura lo hizo en 1911 en un suicidio pactado con su marido, Paul Lafargue; Eleanor se quitó la vida en 1898.
¿Murieron de hambre los hijos de Marx?
No consta así. Las causas que recogen las fuentes consultadas son enfermedades comunes del siglo XIX en condiciones de precariedad material: Edgar, tuberculosis; el recién nacido de 1857, debilidad y falta de cuidados médicos; los dos pequeños, dolencias infantiles de la época. La tesis del hambre es una simplificación que circula por redes y que el propio relato biográfico desmiente en parte: la familia pasaba penurias, pero la causa inmediata de las muertes no era la inanición.
El cálculo: cuatro de siete y la mortalidad infantil del siglo XIX
Cuatro fallecimientos sobre siete nacimientos arrojan una proporción cercana al 60%. Quien sostiene que Marx fue un padre negligente se apoya en ese número: la mortalidad infantil del Londres victoriano, aun siendo altísima, no llegaba a esas cotas en todos los estratos. El cálculo completo, cruzado con las tasas de la época y con la situación material de la familia, da un resultado menos rotundo de lo que parece, y esa es precisamente la parte que se suele omitir.
En contra pesa un dato incómodo para la acusación: Marx vivía en buena medida de lo que le pasaba Friedrich Engels, hijo de un industrial textil, y su casa no era la de un obrero. Eso no le convierte en responsable de cuatro entierros, pero tampoco le convierte en víctima anónima del sistema. La discusión, en realidad, es si el dato familiar tiene alguna relevancia sobre la teoría o solo sirve para no discutirla.
Rousseau, Neruda y Picasso: la vida privada como munición
El argumento familiar tiene precedentes ilustres. Jean-Jacques Rousseau, referencia de la pedagogía moderna, abandonó a sus cinco hijos en un hospicio. Pablo Neruda dejó a su hija con hidrocefalia al cuidado de su madre, que acabó recurriendo a una institución religiosa. Y Picasso cortó la relación con varios de sus hijos, incluidos los de Françoise Gilot, cuyo libro de memorias provocó un manifiesto de apoyo al pintor firmado por ochenta intelectuales franceses en L'Humanité. Es una curiosidad recurrente: los mismos que relativizan la biografía de Marx la esgrimen sin problema contra él, y al revés.
Una parte más ruidosa de esa línea argumental deriva hacia supuestas implicaciones satánicas o masónicas de Marx y su entorno. No hay ninguna prueba que respalde esas afirmaciones, y mezclarlas con el dato demográfico solo debilita el dato demográfico.
El detalle que sí resiste es otro. Paul Lafargue, yerno de Marx, firmó en 1883 un ensayo titulado El derecho a la pereza. La familia daba para ensayos y para tragedias.
Con estas cifras, lo previsible es que el debate no se mueva: la proporción del 60% seguirá citándose sin contexto y la lista de los siete nombres seguirá usándose como refutación de El capital. Nadie va a zanjar con una tabla si la vida de un padre invalida o no un libro. Tampoco con dos siglos de bibliografía encima.