El 44% que se quedó corto en Intellia Therapeutics
En marzo, un inversor particular detectó que ARK Invest, el fondo de Cathie Wood, acumulaba más de 250.000 acciones de Intellia Therapeutics, una biotecnológica centrada en terapias curativas. Su reacción no fue estudiar los balances ni la cartera de proyectos: entró con 3.000 euros a 9,83 dólares por acción y marcó un objetivo de venta en 20 dólares, justo para doblar el cash. Ni siquiera le importaba demasiado el modelo de negocio.
Tres semanas después, la posición estaba en verde con un beneficio del 44%. La tentación de recoger beneficios pudo más que el plan inicial y la venta se ejecutó muy por debajo del objetivo. Entonces ocurrió lo previsible: la FDA levantó la suspensión que pesaba sobre el programa clínico y el valor siguió subiendo sin su dueño original.
La jugada que imita a los grandes fondos
La operación tenía una lógica aparente: si un fondo de la talla de ARK ha comprado, alguien que lanza ideas en Internet no lo va a hacer mejor. El problema, como señaló el análisis más escéptico, es que los fondos institucionales están obligados a diversificar y en muchas de estas posiciones se cubren con derivados, algo que un minorista no puede replicar. Además, las cuentas de Intellia no acompañaban: pérdidas recurrentes y financiación constante vía deuda y ampliaciones de capital.
Ese contraste entre la fe ciega en el chicharro y la realidad del balance es el núcleo de la discusión. Hay quien lo resume con una máxima: los chicharros no se estudian, se tiene fe ciega. Y a corto plazo, esa fe tuvo premio: un 65% de revalorización en un mes, según el seguimiento informal de cotización que se hacía en el mismo entorno.
La FDA, el catalizador que llegó tarde
El argumento de fondo para entrar en Intellia era que la FDA acabaría levantando el castigo impuesto tras un evento adverso grave en un ensayo clínico. Ese veto había hundido la acción y dejaba un hueco bajista pendiente de rellenar. Cuando la agencia regulatoria levantó finalmente la suspensión, la cotización no solo recuperó el impulso: los análisis técnicos empezaron a hablar de un patrón de taza con asa, con objetivos de relleno del hueco en la zona de los 22-26 dólares.
Los vendedores que habían salido en beneficios se quedaron mirando. La paciencia que faltó en la primera fase del movimiento la tuvieron después quienes mantuvieron la posición, aunque eso no convierte la operación en una lección de análisis: el grueso del rally posterior siguió sin apoyarse en los fundamentales.
Del chicharro a las materias primas
El mismo patrón de juego se trasladó a otros valores. El operador que había capitaneado la entrada en Intellia pasó a materias primas y petróleo, con resultados que él mismo publicaba como pronósticos: Kosmos Energy +64%, Paladin Energy +31% y Kistos +15% en un periodo corto de tiempo. Como en todo oráculo, la selección de aciertos se cita con más entusiasmo que los fallos.
La siguiente sugerencia que circuló en el mismo circuito fue Gossamer Bio, un fármaco en fase 3 con evento binario inminente: o sale bien la lectura de datos o el valor se desploma. Todo o nada. Es la definición misma del chicharro biotecnológico y el recordatorio de que este tipo de operativa no admite términos medios.
La presentación de cuentas de Intellia estaba prevista para el 19 de febrero, una cita que los más prudentes señalaron como el momento de la verdad para una cotización que subía por inercia. La fecha llegó y el precio siguió su camino: cuando la FDA dio el visto bueno, el rally se reanudó. La moraleja no es que vender con un 44% sea un error. Es que en estos valores, el momento de salida lo decide el mercado, no el objetivo marcado en una servilleta. Y el dato que más le duele al que vendió: el hueco seguía ahí, esperando a ser rellenado en los 26 dólares.