Ormuz: el estrecho de 38 km que convierte a un portaaviones en un blanco
Un portaaviones de diez mil millones de dólares navegando a paso de tortuga por un canal de agua de apenas 38 kilómetros de ancho, con la costa iraní a tiro de piedra y los misiles costeros apuntando desde hace años. Esa es la escena que se dibuja cuando se habla de abrir el estrecho de Ormuz por la fuerza. La operación, bautizada en el lenguaje oficial como
Operation Epic Fury, ha sido recibida con un escepticismo que roza la burla: varios participantes en el debate sostienen que meter la flota en ese embudo es lo más parecido a una operación suicida. Y no porque los barcos sean malos, sino porque la geometría del lugar no perdona.
El planteamiento oficial es conocido: Washington rechaza las propuestas iraníes de alto el fuego y amenaza con nuevos ataques contra activos energéticos hasta que Teherán acepte abandonar por completo su programa nuclear. La traducción práctica es que la Armada tendría que garantizar la navegación en un punto por el que pasa una parte crítica del crudo mundial. El problema es que ese punto mide lo que mide.
¿Por qué Ormuz es una ratonera para un portaaviones?
Porque el estrecho tiene unos 38 kilómetros de ancho en su punto más angosto, según el cálculo que se maneja en el debate, no los cuatro que algunos imaginan al mirar un mapa mal escalado. En un canal así, un grupo de combate pierde la ventaja que le da el océano abierto: no hay espacio para maniobrar, no hay profundidad para esconderse y la distancia a la costa enemiga se mide en minutos de vuelo de un misil. Los portaaviones, además, son grandes y lentos, dos características que en un embudo se convierten en un problema táctico de primer orden.
Hay quien sostiene que ni siquiera lo van a intentar, que la amenaza es una pieza más de presión diplomática. En contra pesa el argumento de que la retórica de la Casa Blanca ha ido subiendo de tono y que las fuerzas desplegadas ya están en la zona. El escenario más repetido no es el de un desembarco, sino el de un bloqueo mutuo: Irán no necesita hundir nada para encarecer el crudo, le basta con minar la confianza de las aseguradoras y de los armadores. Ese cálculo, señalan algunos análisis, es el que ha hecho que varios presidentes estadounidenses hayan evitado históricamente el choque frontal en Ormuz.
El petróleo, el estrecho y el precio del barril
El estrecho de Ormuz no es solo un problema militar: es una palanca económica. Cerrarlo, aunque sea parcialmente, dispara el precio del barril sin necesidad de un solo disparo. Y ahí entra el argumento que más circula entre los escépticos: la operación no busca tanto garantizar la navegación como forzar una subida del crudo que beneficie a determinados intereses petroleros. La tesis, muy repetida, es que se cierra el paso para aumentar el precio del barril, subir la recaudación por impuestos a los carburantes y seguir empujando el relato del coche eléctrico y la agenda climática. No hay pruebas de esa coordinación, pero el escepticismo hacia el motivo oficial es transversal.
Frente a eso, otros análisis recuerdan que Arabia Saudí dispone de un oleoducto que cruza el país de este a oeste hasta el mar Rojo. No tiene capacidad para sustituir todo el tráfico de Ormuz, pero sí para aliviar parte del golpe. La conclusión de esa corriente es que el drama se exagera a propósito: hay alternativas terrestres y quien quiere usarlas las usa. El problema, replican los primeros, es que ampliar esa capacidad lleva años y dinero, y el mercado no espera.
Irán, China y el cálculo de fondo
El tercer hilo del asunto es geopolítico. Si Irán cierra o enturbia Ormuz, el primer perjudicado en volumen no es Estados Unidos, sino China, que depende de ese crudo para mantener su industria. Esa es la lectura que sostiene que el objetivo real de tensar la cuerda no es Teherán, sino Pekín. Forzar la situación para estrangular el suministro energético chino sería, en esa lógica, el verdadero motivo de una operación que en el plano militar no se sostiene.
La versión más dura del escepticismo va más allá y sostiene que la estrategia responde a una mezcla de soberbia y de cálculo electoral. Hay quien describe a quienes toman las decisiones estratégicas como niños de cinco años creyendo que juegan a un videojuego, con los mapas de Ormuz y de la isla famosa ya modelados en un conocido shooter bélico. La ironía es que los objetivos están marcados en pantalla, pero en la realidad el agua no se reinicia.
Qué puede pasar si los marines desembarcan
La pregunta más repetida es qué ocurriría si finalmente hay presencia sobre el terreno. La respuesta más extendida es que sería bastante peor que la ocupación de Irak: Irán bombardearía cualquier infraestructura relacionada con el
petróleo y el conflicto se convertiría en un problema regional sin solución rápida. Los muertos estadounidenses, en ese escenario, se contarían por miles, según las estimaciones más pesimistas que circulan.
Otra corriente descarta el choque directo y apuesta por la retirada disfrazada. La tesis es que se pide ayuda a los aliados, no se apuntan, y se les carga con la culpa del fracaso. Una excusa para salir sin reconocer que la operación era inviable desde el primer minuto. El final abierto, a la fecha de esta discusión, es exactamente ese: ni desembarco confirmado, ni retirada anunciada, ni estrecho abierto. Solo una flota en un canal de 38 kilómetros y una pregunta sin respuesta.