Podología: ¿«carrera ridícula» o negocio con lista de espera?
Cuatro años de estudio para acabar mirando pies. La burla es fácil y ya está hecha: quien abre el hilo pregunta quién se pasa cuatro años estudiando pies y sostiene que esa carrera solo puede elegirla alguien con un gusto fetichista por ellos. El chiste aguanta tres frases. A la cuarta se topa con el testimonio de otro participante: un podólogo con
lista de espera y consulta en un pueblo al que, según él, «le salen los billetes por las orejas».
El planteamiento de partida es ese, y quien lo lanza no aporta más argumento que el prejuicio. El pie es la parte del cuerpo que nadie quiere mirar, así que quien se dedica a ello carga con el sambenito antes de abrir la consulta.
Cuánto gana un podólogo con consulta propia
Aquí el relato se parte en dos. Hay quien sostiene que un buen podólogo
se forra, sin matices, y quien responde con el caso concreto: un profesional con
lista de espera, consulta en un pueblo y, según ese testimonio, los billetes saliendo por las orejas.
No hay cifras sobre la mesa y nadie las aporta: todo lo que se dice de la rentabilidad son apreciaciones de los participantes en el hilo, no datos comprobados.
¿Qué ve un podólogo todo el día?
Nada bonito, según el argumento más repetido. Quien trabaja de esto no ve pies de anuncio: ve
hongos y todo lo contrario a pies presentables. La respuesta se usa como contrapunto a la broma inicial y como recordatorio de que aquí hay un componente sanitario que no se ve desde fuera.
De ahí sale otra idea que circula en el hilo: el podólogo no solo corta uñas, también
prescribe. Un participante apunta que puede recetar toda clase de medicamentos, lo que, según el debate, acerca la titulación al terreno sanitario.
Podología frente a odontología: distinto prestigio
La comparación dental la plantea otro forero: un dentista haría una carrera igual de ridícula si los dientes no tuvieran más
valor social que los pies. La sonrisa se enseña; el pie se esconde. Esa jerarquía estética, y no la dificultad del grado, decide qué titulación parece seria y cuál parece un chiste de sobremesa.
Ambas comparten cuatro años de formación, y la diferencia es de escaparate. Nadie presume de podólogo en una cena, pero, según el testimonio del hilo, la consulta del que tiene lista de espera sigue llenándose.
La pregunta que deja el debate no es si la carrera es ridícula, sino cuánto tarda el prejuicio en girarse.