La cumbre de Mar-a-Lago avanza un 90% de un plan de paz que Rusia no ha negociado
Donald Trump y Volodymyr Zelenski escenificaron el 28 de diciembre de 2025 en Mar-a-Lago (Florida) un optimismo que los propios números desmienten. Los equipos de ambos países aseguran tener acordado el 90% de un plan de paz de 20 puntos y un acuerdo casi total en garantías de seguridad para Ucrania, con fuerte implicación europea. El problema es de aritmética elemental: en la mesa no estaba la parte que lleva cuatro años ganando terreno en el frente. Sin Rusia, cualquier documento que se firme en Florida es un brindis al sol.
Trump describió la guerra como la más difícil de las que ha mediado, dijo que planeaba llamar a Vladímir Putin al terminar la reunión y evitó poner plazos: su única fecha límite, repitió, es terminar la guerra y evitar más muertes. Anunció reuniones con líderes europeos y facilitación de negociaciones directas Ucrania-Rusia para enero. También sacó a relucir el negocio: oportunidades de reconstrucción, activos rusos congelados y beneficios económicos una vez cese el conflicto. El Nobel de la paz, apuntan análisis posteriores, no es la prioridad real; las midterm de mitad de mandato sí.
Qué se acordó en Mar-a-Lago y qué quedó fuera
El resumen oficial de la comparecencia recoge tres bloques: progreso significativo en el plan de 20 puntos, acuerdo total o casi en garantías de seguridad y respaldo europeo al proceso. Trump insistió en que tanto Zelenski como Putin quieren un acuerdo y calificó de serio al presidente ruso pese a los ataques recientes, que atribuyó a la dinámica normal de la guerra. Ucrania, añadió, también ha lanzado ataques fuertes.
Lo que no hubo fue una conferencia seria entre las dos partes implicadas. Cómo se diseña un plan de paz sin contar con el adversario es la pregunta que sobrevuela todo el encuentro. Los 20 puntos se los pasarán los rusos por donde les convenga, sostiene la lectura más extendida: Rusia está en condiciones de imponer los suyos y jugará a ganar tiempo mientras mantiene la ventaja en el campo de batalla.
El frente manda más que la diplomacia
Mientras en Florida se hablaba de reconstrucción, en el saliente de Kupiansk se libraban combates intensos con fuerzas especiales ucranianas y en otras zonas del frente se registraban movimientos y pérdidas de material blindado de alto coste. La lectura militar es que Rusia huele la desesperación y la sangre: la otra parte negocia para perder lo menos posible, no para ganar.
El desgaste corre por cuenta ucraniana. Con superioridad de fuego, artillería y bombas guiadas, Rusia hace la mayor parte de las bajas, mientras las tropas ucranianas esperan en trincheras. Los avances rusos se ejecutan en pequeños grupos apoyados por drones, no en cargas masivas como sugiere cierta propaganda. Cuatro años de guerra han convertido a esas tropas en una fuerza que los propios mandos ucranianos describen en canales de Telegram como muy bien entrenada, con una media a la altura de la OTAN y un 25-30% por encima.
Qué queda de Ucrania en el tablero
El escenario que se dibuja es el de una Ucrania reducida a la mínima expresión, sin salida al mar y con estatus de neutralidad impuesto, similar al de Austria o Suiza. Los territorios con presencia significativa de población rusófona quedarían bajo control ruso, con Odesa como objetivo. La amenaza se eliminaría de raíz, que es el objetivo declarado de Moscú desde el inicio.
El problema europeo es otro. Los líderes del continente apostaron por esa carta y su electorado les pasará factura si se pierde. Por eso no quieren que acabe la guerra: se la sudan los muertos ucranianos, lo que temen es perder su crédito. Mientras, Washington empuja a los europeos a seguir financiando el conflicto con el 5% del PIB en compras al complejo militar-industrial estadounidense, y les deja la cara visible del desgaste.
El negocio del gas y los activos congelados
La reconstrucción de los gasoductos Nord Stream es una de las piezas que nadie pone sobre la mesa oficialmente. A Europa le convendría volver al gas ruso barato, pero Estados Unidos vende su gas licuado a múltiplos del precio ruso y no tiene incentivo alguno en facilitarlo. Los activos rusos congelados, mencionados por Trump como fuente de financiación, son otro melón: su legalidad es más que discutible y su uso como garantía hipotecaría cualquier acuerdo futuro.
El cálculo completo de lo que costaría reconstruir Ucrania y quién lo pagaría da cifras que sorprenden. Los 390.000 millones de dólares movilizados hasta ahora, con 120.000 que nunca llegaron al frente según las acusaciones que circulan, son solo el aperitivo.
El caso Epstein y el calendario electoral
La convocatoria de Mar-a-Lago también se lee en clave interna estadounidense. Trump afronta unas midterm que las encuestas le dan perdidas; si no las gana, se convierte en un presidente con dos cámaras en contra y la mitad del mandato por delante. Un acuerdo de paz, aunque sea de escaparate, es un titular que vende. La gestión de los archivos del caso Epstein, con documentos y fotos retirados según ha admitido el propio Trump, alimenta la sospecha de que hay material que no conviene airear.
La explicación de por qué la administración anterior no usó esos archivos contra él en 2024 apunta en otra dirección: el silencio protege a algo más grande que un expresidente, y ese algo tiene que ver con operaciones de inteligencia extranjeras en suelo estadounidense.
Qué puede pasar ahora
El calendario apunta a enero para las negociaciones directas Ucrania-Rusia. Rusia no tiene prisa: cada semana que pasa consolida posiciones y desgasta a un ejército que depende de suministro exterior. Trump puede morir políticamente en dos años si cambia el viento en Washington, y Moscú lo sabe. La predicción más razonable, con todas las reservas, es que el acuerdo final no se parecerá al de Mar-a-Lago: será un Diktat ruso con forma de tratado, y Europa lo firmará como testigo incómodo.