La inacción en Ceuta abre una brecha interna en el PSOE que Sánchez no quiso ver
¿Cómo se convierte una crisis migratoria que el Gobierno controló en 72 horas en el detonante de una conmoción interna en el partido del Gobierno? La respuesta está en Ceuta, en agosto, y en los pasillos de Ferraz.
El 1 de agosto, con la mayoría de las más de 70.000 personas que habían entrado ilegalmente en Ceuta de vuelta a sus puntos de partida, Pedro Sánchez respiró aliviado. Vacaciones en Lanzarote, felicitaciones de su gabinete, y el ministro de Transportes, Óscar Puente, celebrando por su canal habitual: “Otra crisis más que resuelve Pedro”. El alivio duró lo que tarde en llegar el primer ajuste de cuentas.
Veintidós días después, la fotografía es otra: federaciones socialistas, ex altos cargos y hasta dirigentes en Moncloa asumen que la gestión de Ceuta tiene potencial para agrietar el relato de éxito. Circula la expresión “fin de ciclo”. Se critica que el Gobierno no ha dado una respuesta de calado —el recurrente “Francomodín” que se invoca con ironía, o el vicio de echar la culpa a Ayuso, siguen sin materializarse—. La conmoción no es anecdótica.
Hay quien ve en esta inacción un síntoma de agotamiento del sanchismo, y quien se consuela pensando que el PSOE “azul de Aliexpress” sobrevivirá como siempre. Pero el malestar interno ya no se disimula. Tal vez la crisis no esté en Ceuta, sino en la distancia entre el relato oficial y la realidad del partido. A 22 días del estallido, nadie en Ferraz parece tener un plan que no pase por esperar. Y esperar, en política, es exactamente lo que más caro cuesta.